viernes, 31 de enero de 2014

TRANSCENDIENDO LA HISTORIA... El día que nos bombardearon


TRANSCENDIENDO LA HISTORIA; Órgano informativo de la Sociedad Divulgadora de la Historia Militar de Venezuela 
 (Capitulo Puerto Cabello)    
 
Quizás en la historia venezolana, no exista un suceso menos conocido que el bloqueo a Venezuela en 1902. Esto se debe a la censura impuesta desde sus inicios por el gobierno de Cipriano Castro, en su afán por mantener su pregonada imagen de invicto.
Castro, por sus drásticas medidas de corte nacionalistas, se enemisto con las empresas transnacionales. Esto motivo a que Inglaterra y Alemania, reclamaran los daños sufridos por sus súbditos en Venezuela y solicitasen el pago de las deudas contraídas. El cobro de estas acreencias hizo crisis en 1902, año en que se llevó a cabo el vergonzoso bloqueo a las costas venezolanas.

Ultimátum imperial
El 7 de diciembre de ese año, el británico W. H. D. Hagard y el alemán von Pilgrim-Baltazzi, ambos ministros de sus respectivas naciones acreditados en Caracas, enviaron sendas notas a nuestra Chancillería. La del británico, terminaba diciendo que “tenia carácter de ultimátum”, la del alemán, aunque no mencionaba la cruel palabra, agregaba que si Venezuela no comenzaba a discutir la deuda, “Alemania obraría para obtener satisfacción”.
Estos documentos planteaban que las potencias estaban dispuestas a ir a conversaciones, sin embargo no se le dio respuesta en el lapso de tiempo esperado. López Baralt, dio una increíble excusa: “el telegrama llego un domingo, día no laborable”, es como si se aplazara una batalla por ser día de fiesta.

¿Bloqueo o guerra?
Dos días después del ultimátum imperial, quince naves de las armadas inglesa y alemana en operación conjunta, atacaron el puerto de La Guaira, desembarcando tropas en los muelles, de los cuales se apoderaron.
A las doce de la noche, las fuerzas alemanas atravesaron la ciudad para conducir a sus representantes diplomáticos a la flota y así ponerlos a salvo de una eventual represalia venezolana. A las cinco de la mañana del siguiente día, los ingleses harían lo mismo.

La flota humillada
Al no estar a la altura de las circunstancias, la pequeña flota de guerra venezolana no opuso ninguna resistencia. Estaba nuestra flota compuesta por naves de procedencia civil, armadas con cañones y lanzatorpedos para su uso militar. En total eran diez cañoneros, un transporte y un remolcador, que fueron apresados por los alemanes.
Los ingleses remolcaron a mar abierto a los cañoneros Totumo y General Crespo, y los hundieron. Mientras que dos buques alemanes apresaron en Guanta un vapor de guerra venezolano. En la isla de Trinidad los ingleses capturaron al cañonero Bolívar y lo sumaron a su flotilla. La humillación no pudo ser mayor, obligaron al buque insignia de la armada venezolana a navegar con bandera británica.

Antiimperialismo e imperio preocupado
El presidente Cipriano Castro, ordeno la preparación general del ejército para responder a la desigual confrontación y aumento su plataforma política mediante un oportuno acercamiento del Mocho Hernández, su principal opositor. En las principales ciudades del país se produjeron ruidosas manifestaciones de apoyo a Castro, en un evidente nacionalismo antiimperialista. El gobierno norteamericano, preocupado ante los rumores del interés británico/alemán de asentar bases permanentes en territorio venezolano, se ofreció como mediador.

La inexplicable fiesta porteña
Desde que se supo lo sucedido en La Guaira, Puerto Cabello se convirtió en un pandemonium, la ciudad parecía estar en pleno carnaval, las muchedumbres colmaban sus calles, cada esquina producía sus oradores improvisados que declamaban sus discursos patrióticos, estos eran amenizados con cohetes, triquitrakis y vítores. Los botiquines estaban abarrotados, pues el patriotismo era la excusa perfecta para tomarse unos tragos. Pareciese que celebráramos el estar bloqueados.

El padre Chirivella y su cañoncito
La Gobernación de Puerto Cabello, publico un bando llamando a todos a sumarse a la resistencia contra los sitiadores. Sin embargo, Puerto Cabello, apenas contaban con los viejos cañones heredados de la guerra independentista, estos se encontraban en el suelo por el deterioro de sus centenarias cureñas. Casualmente en esos días había llegado un pequeño cañón montado en su cureña de ruedas, que fue toda una novedad, pues este cargaba sus proyectiles por la parte posterior, a diferencias de los viejos cañones que se cargaban por la boca.
El problema más preocupante con el cañón, era que nadie sabía usarlo. Soluciono este problema el presbítero Chirivella León, al ofrecerse a manipularlo, aduciendo que el había trabajado en un taller mecánico y con tan buenas credenciales le nombraron “Jefe de Baterías”. Al solucionarse este problema inmediatamente se presento otro, las balas eran mas grandes que el diámetro del cañón, pero nuevamente el padre Chirivella León, aseguro, que el encontraría la manera de hacerlo disparar.    

El padre Chirivella y su cañoncito ambulante
El padre Chirivella León, se llevo su cañoncito, seguido de toda una algarabía de muchachitos porteños y lo coloco en la muralla a la altura de la iglesia del Rosario, mientras que aproximadamente a doscientos metros, estaba el acorazado británico “Charybdis”, que ensoberbecido se paseaba con movimientos que describían la forma de un ocho en nuestra bahía.
El señor Guillermo Roo, quien pasaba por el lugar, saludo al padre Chirivella y el envalentonado cura le contesto: “Aquí me tiene, preparándome para meterle un frutazo al primer crucero que se nos enfrente” y Guillermo Roo, le dijo: “Ni sus balas llegaran allí y si llegasen, no le harán al barco ni el morado. En cambio, padre, tenga cuidado cada vez que vaya a mover las manos, pues desde ese acorazado le vigilan a Usted con poderosos lentes y si notan que Usted hace ademán de disparar, antes de que se de cuenta estará con su cañoncito en Borburata y lo que es peor, para hacerlo desaparecer a Usted y a su batería, echaran abajo el templo y varias manzanas de casas alrededor”.
El padre Chirivella León, al escuchar el intimidante razonamiento del señor Roo, se arremango las mangas de su sotana y traslado su cañoncito, seguido de los chiquillos con su algarabía, por las calles porteñas hasta las faldas del cerro Las Vigías. Nunca sabremos si el presbítero Chirivella León le adapto las balas al cañoncito, porque este nunca disparo.

Los jóvenes patriotas…
Desde antes del bloqueo, en nuestros muelles sin darle mucha importancia a los acontecimientos, descargaba carbón tranquilamente el vapor mercante ingles “Topaze”, cuando el 10 de diciembre, un grupo de jóvenes porteños, exaltado su patriotismo por el licor, subieron a bordo, arriaron la bandera británica, la pisotearon y la quemaron. El capitán y varios oficiales del barco, los golpearon y los encerraron en un inmundo camarote, mientras la multitud enardecida se agolpaba en el muelle de manera amenazante.

La respuesta que no llega…
No tardo en llegar al despacho del general Mora, gobernador de Puerto Cabello, una nota suscrita por los comodoros Montgomery comandante del acorazado británico “Charybdis” y Schoerder del acorazado alemán “Vineta”, pidiendo una explicación, si no la obtenían antes de las cinco de la tarde del 13 de diciembre, demolerían el edificio nuevo de la aduana a cañonazos. Inmediatamente, tanto por teléfono como por telégrafo, la gobernación puso al corriente al presidente, pero este inexplicablemente no dio respuesta, arriesgando la seguridad de nuestra ciudad.
Los cuatro generales de Puerto Cabello: Vicente Emilio Mora gobernador de Puerto Cabello, Secundino Torres comandante de las fuerzas de la plaza, Carlos Silverio comandante del Fortín Solano y Julio Bello comandante del Castillo San Felipe, preocupados pensaron dar la explicación pedida por la flotilla bloqueadora, pero un colombiano llamado Eustorgio Arrieta, amigo, protegido y confidente del presidente Castro, les hizo ver que no podían hacer eso sin consentimiento de Cipriano Castro.

Comienzo de la tragicomedia porteña
El día señalado 13 de diciembre, faltando poco para las cinco de la tarde, llego el telegrama de Castro, el cónsul americano W. H. Volkmer corrió con la explicación, pero antes de llegar al muelle dieron las cinco de la tarde y comenzó el bombardeo que duro veinte minutos, sorprendiendo al comandante del castillo recostado en una silla de cuero amolándole las espuelas a un gallo. Comandante, silla y gato, saltaron del susto.

La ciudad que agarro el cerro…
Como resultado del bombardeo se rindió Puerto Cabello, tomaron por asalto el castillo San Felipe y el fortín Solano de Puerto Cabello, donde fueron arriadas las banderas nacionales e izadas las banderas inglesas y alemanas. Duramos tres meses sufriendo la humillación de ver ondear banderas alemanas e inglesas en nuestras fortalezas San Felipe y Solano.
Los presos del castillo atravesaron a nado el canal que los separaba de la ciudad. Luego se verían a infinidad de ellos por los lados de Borburata, pidiendo un centavo o un pedazo de pan, pero no cometieron ningún tipo de fechorías.  Fueron momentos de verdadera angustia para la población, que abandono totalmente la ciudad, dejando las puertas abiertas y las comidas a medio cocinar y se interno en la serranía.
El comandante y tropa del Fortín Solano, así como cerca de mil milicianos también se escondieron en los cerros aledaños. El único jefe que no corrió fue el general Vicente Emilio Mora, quien en medio de la metralla se dirigió al muelle a poner orden. Los ingleses se llevaron del castillo algunos cañones de bronce de gran valor histórico, así como algunos grillos grandes, “Para exhibirlos en un museo y que conozcan las maneras en que se tratan los venezolanos unos a otros”, según las propias palabras del comodoro Montgomery.

Hagamos leña del árbol caído
Pocos días después, al grupo anglo/germano se unieron dos buques de la armada italiana para servir a la expedición en tareas de acompañamiento logístico. También se unieron a esta vergonzosa acción: Holanda, Bélgica, España y México.

El famoso disparo del Fortín Solano
Al momento del bombardeo se dice que hubo un disparo desde el fortín, algunos lo niegan, otros dijeron que había sido el capitán Meyer y otros entre los que se cuenta López Contreras, sostienen que fue Antenor Ugueto, quien lo hizo, sin embargo la gran mayoría dice que fue un soldado desconocido, quien en el momento que huía la tropa, acerco un fósforo encendido al oído del cañón. A pesar de que este fue el único disparo que se le hizo a la flotilla sitiadora, este cañón solo estaba cargado con pólvora y taco, o sea que fue un disparo de salva. La respuesta del “Vineta” no se hizo esperar, desmontando con dos certeros disparos los dos cañones que estaban en el fortín.

Las gaitas de diciembre…
Nuestros habitantes porteños no perdieron su humor y ellos mismos se hicieron objetos de chistes y como era diciembre, se compusieron algunos aguinaldos relativos al evento. Concluiré esta entrega llevándole una cuarteta de algunas de estas ocurrentes composiciones musicales: “Cuando la fragata/disparo el cañón/toda la comida/quedo en el fogón”.  
Nelson Vielma

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