lunes, 6 de enero de 2014

Coincidencias Bíblico Literarias del Querido Hermano Antero Dupuy Chirino Apostilla de un viaje por el mundo bíblico y la ruta del Quijote




El 24 de septiembre de 1976, el Querido Hermano Antero Dupuy Chirino (Coro, Falcón 1904-1977), escritor falconiano, iniciado masón en la Respetable Logia Unión Fraternal Nº 17 (Logia fundada en 1856) al Oriente de Coro, presentó ante el Centro de Historia del Estado Falcón una relevante Pieza de Arquitectura denominada Coincidencias Bíblico Literarias, [1] un   ensayo que expuso como trabajo de incorporación en la categoría de Individuo de Número de dicho centro y que mereció la publicación de esa obra por la Biblioteca Venezolana de Historia, adscrita al Archivo General de la Nación.

Dupuy Chirinos, quizás, atento al salterio bíblico de las salmo grafías antiguas, las cuales solía revisar y estudiar a diario cual fantasma que circunda su inquietud espiritual, vio desde el Sanctum Sanctorum que el Templo Masónico, es el santuario de las hermandades secretas y sólo los que conocen la leyenda de Salomón y su arquitecto Hiram Abif pueden entender el verdadero significado del Mar de Bronce y la Escuadra de Oro. De allí, surgen sus investigaciones literarias sobre la Biblia o el Volumen de la Ley Sagrada y otros textos de escritores como Giovanni Papini, Rubén Darío, Gustavo Adolfo Bécquer, Cervantes y el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, por citar solo algunos, donde compara las obras de estos literatos con los textos bíblicos.

El Querido Hermano Dupuy Chirino, telegrafista de profesión y poeta autor de la letra del Himno Masónico Nacional con música del tenor y Querido Hermano Carlos Almenar Otero, fue un lector incansable del Quijote y todos los clásicos de la literatura universal. Ya había publicado Revoltillo, un libro de versos románticos y humorísticos, además de ser colaborador de los periódicos «Fantoches» y «El Nacional» de Caracas, y otros medios impresos de su ciudad natal.

Dupuy, quien etiquetó todos sus versos bajo el pseudónimo de Pedro Yunatú, siempre consideró la Biblia o el Libro de los Libros como una obra magistral desde el punto de vista literario, con textos realmente fantásticos, como Adán y Eva o el Diluvio Universal; sin embargo, comentaba siempre a sus amigos que no creía que esos relatos hayan sido escritos mediante «inspiración divina», porque la mayoría de sus pasajes estaban muy distantes de la moral que profesan las diferentes religiones que tienen como sagrado este libro.

El escritor y poeta, sabía que el salterio bíblico forma parte de la tradición literaria y religiosa de los pueblos vecinos de Israel y, tomando en cuenta, el origen hebraico de la masonería, encontró en el estudio del Volumen de la Ley Sagrada un fértil patrimonio de lírica religiosa y la genialidad del oficio literario y las intuiciones teológicas de esa herencia, como diría el cronista y periodista Misael Salazar Léidenz.

Los salmos bíblicos son un testimonio de continuidad cultural con el entorno, pero también de la creatividad de Israel para releer y desarrollar lo recibido desde su experiencia histórica y desde su identidad ya vista. En este ensayo, Dupuy relaciona el salterio con las salmo grafías antiguas, destaca además sus diferencias y ofrece a los lectores ejemplos muy ilustrativos donde  recoge algunas conclusiones ante el dogmatismo religioso.

Visto desde otras latitudes más acostumbradas que la nuestra a paladear lo que la literatura tiene de sublime o de arte supremo identificador de este tiempo, el poeta Dupuy argumentaba que mediante la lectura de El Quijote, [2] entraba en concordancia con el manco de Lepanto porque a su juicio, ese libro humano y divino, era «el libro profano que más ha deleitado a los hombres». Precisamente, Dupuy Chirino, citando al filólogo Ángel
Rosenblat, dice: «las palabras prologales del Quijote evocan en seguida las del Génesis».
En su discurso, Dupuy explica que la Biblia nos dice que la sabiduría está en Dios, y Don Quijote, en los consejos que le da a su escudero para el buen manejo de la ínsula, empieza por decirle: «Teme a Dios, porque en el temor de Dios está la sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada».

También, en la Epístola Universal de Santiago leemos: «la fe si obras es muerta», y Cervantes dice: «las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada». «Al yo comparar párrafos de la Biblia con algunos pasajes del Quijote sostiene  Dupuy Chirino, está muy lejos de mi pensamiento la palabra imitación u otra más dura, pues aquella, pudiéramos decir, cabeza de milagros, seguramente que de vez en cuando sentía los fucilazos de la tormenta del Sinaí, y como otro Moisés, trasladaba a su libro los dictámenes que escuchaba». Sin embargo, en los Proverbios se nos expresa: «mejor es comer legumbres donde hay amor, que comer buey cebado donde hay odio», y el Querido Hermano Andrés Eloy Blanco le dice a su hijo: «Por mí ni un odio, hijo mío, ni un solo rencor siquiera».

También, hace alusión en su texto de Josué quien «paró el Sol en su carrera» y en uno de esos cantos populares se nos dice: «La luna se ha parado / En su carrera / Admirada de verte / Tan hechicera». Y Gustavo Adolfo Bécquer no hallando ya ni Sol ni Luna que parar, paró las golondrinas en su vuelo cuando dijo: «Pero aquellas que el vuelo refrenaban / Tu hermosura y mi dicha aprendieron nuestros nombres / Esas no volverán».  

Dupuy, argumenta que «historiar la Biblia sería como historiar a la historia misma, ya que pueblo judío sino la historia de la humanidad, como ha sido, como es, y como seguirá siendo, pues en sus páginas encontramos, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, toda la gama de debilidades humanas: engaños, crímenes, robos, traiciones, etcétera, así como también heroicidades, poesía inigualable y las bellezas más grandes en Literatura».

Por otra parte, Dupuy exalta que «uno puede entender la belleza del Sermón de la Montaña leyendo el comentario, o por mejor decir, la interpretación de Giovanni Papini. [3] En cambio, escrita en forma más sencilla, el discurso de Judá dirigido a su hermano José, constituye, según la opinión del profesor Diez Macho, una de las mejores piezas de la literatura universal, que nos hace quedar cabizbajos regando con lágrimas las páginas bíblicas». «Si los humanos fuéramos más creyentes tendríamos siempre presente, para no olvidarlo, aquel anatema sagrado que aparece en el Génesis de que el que derrama la sangre del hombre, por la mano del hombre su sangre será derramada», pues como dice Miguel de
Unamuno, que si cobráramos robusta fe en nuestra salvación, seríamos todos mejores. Y el poeta ya citado: «por mí no derramar ni la que cabe en un colibrí». Al hacer referencia a las leyes, sostiene que en los tiempos bíblicos «los contratos se escribían en una hoja de papiro dividida en dos partes y en doble redacción. Una de las partes y una vez firmada por los testigos, se enrollaba hasta la mitad, se ataba con cuerda que pasaban por unos agujeros que había en medio y se sellaba».

En nuestros días exalta Dupuy están de moda los sobornos y ya en la Biblia se nos dice: «no aceptarás sobornos, no tomarás regalos, y el contratista añade que es pura utopía mantenerse justo si se aceptan regalos de las partes litigantes, pues los regalos cierran los ojos del juez». Y don Quijote poetiza esta esas frases en los consejos que le da a Sancho, al decirle: «si alguna mujer viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros» y le advierte: «si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva sino con el de la misericordia».

En lo que respecta a las costumbres, Dupuy dice que hasta algunas supersticiones nos vienen de los tiempos bíblicos: «al basilisco, [4] pobre iguánido inofensivo, le atribuían los antiguos griegos y romanos los más grandes fechorías, y los profetas Jeremías e Isaías lo presentaban como una maldición que Dios, irritado, lanzaba al mundo para castigo de los malos». En el penúltimo libro del Pentateuco leemos: «abrió la tierra su boca y tragólos». Se refiere a Coré, [5] su familia y su hacienda.

Por aquí oímos de vez en cuando el juramento: «que me trague la tierra». Don Quijote, vencido por el Caballero de la Blanca Luna, y creyéndose ya muerto por su contendor, le dice: «Dulcinea del Toboso es la mujer más hermosa del mundo y yo soy el caballero más desgraciado de la tierra», y el Libertador en sus últimos días escribe a Fanny: «sólo quedas tú como visión seráfica, señoreando el infinito, dominando la eternidad». La poesía bíblica es grandiosa en los cantos de Judith y en los Salmos, pero ha tenido cierto privilegio en Cantar de los Cantares [6] aunque a veces nos parezcan toscas las metáforas salomónicas, que de acuerdo con la lengua hebrea son exquisiteces: «Tu cabello es como manda de cabras / Tus dientes como manadas de ovejas / No miréis en que soy morena / Porque el sol me miró», que Fray Luis de León con su inimitable lirismo traduce: «No estés considerando / De mi rostro el color bazo y tostado / Que como estoy guardando / Con el sol mi ganado / sus rayos y calor tal me han parado».

Notas
[1] Dupuy Chirino, Antero. Coincidencias Bíblico Literarias. Caracas: Archivo
General de la Nación, 1977.

[2] Véase De Cervantes, Miguel. Don Quijote de la Mancha. Lima: Punto de
Lectura, 2008.

[3] Giovanni Papini (Florencia, 9/01/1881– 8/07/1956) fue un escritor italiano. Inicialmente escéptico, posteriormente pasó a ser un fervoroso católico.

[4] El basilisco era un animal fabuloso con cuernos de serpiente, patas de gallo, alas espinosas y cola en forma de lanza. Era considerado como el rey de las serpientes y se le atribuía la propiedad de matar con la mirada. Un remedio ideado para limpiar de tan temible animal a la tierra consistía en vestir a un hombre con una armadura de espejos: cualquier basilisco que se le cruzara en el camino vería su mirada reflejada en los espejos y moriría. El basilisco era un producto de la unión de un gallo con una serpiente, la cual ponía un huevo que era custodiado por un sapo.

[5] Coré hijo de Izjar, hijo de Cohat, hijo de Leví; Datán y Abiram, hijos de Eliab, y On hijo de Pelet, hijos de Rubén, tomaron gente y se levantaron contra Moisés, junto con 250 hombres de los hijos de Israel, dirigentes de la congregación, nombrados de la asamblea y hombres de renombre.

[6] Cantar de los Cantares, conocido también como Cantar de Salomón o Cantar de los
Cantares de Salomón, es uno de los libros de la Biblia y del Tanaj. En la Biblia cristiana se encuentra ubicado entre los libros de Eclesiastés e Isaías, en la Biblia católica se encuentra entre Eclesiastés y Sabiduría, mientras que en la versión judía se ubica entre Rut y Eclesiastés.




QH.'. Ángel R. Medina
Respetable Logia Leonardo Da Vinci Nº 244
Oriente de Maracay, Aragua, Venezuela.



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