domingo, 12 de julio de 2015

Hablando de...Pablo Neruda, entre la diplomacia y la literatura.



      
Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, nombre auténtico de Pablo Neruda, seudónimo que utilizó por primera vez en 1920 y adoptó desde 1946, nació el 12 de julio de 1904 en Parral, Chile, pero se crió en la localidad de Temuco, entre «la poesía y la lluvia», como diría en sus memorias.

 Es interesante observar cómo su carrera literaria fue paralela a su actividad diplomática, siendo la primera causa de la segunda. Entre 1923 y 1924 publica sus primeros libros de poesía (Crepusculario, Veinte poemas de amor y una canción desesperada), mientras que en 1927 es designado como cónsul en Rangún (Birmania), y al año siguiente en Colombo (Ceilán). La publicación de los libros le proporcionó cierto prestigio, que facilitó su ingreso a la vida diplomática, gracias a que un amigo influyente intercedió en su favor luego de dos años de golpear la puerta del Ministerio de Relaciones Exteriores. Neruda relata esos momentos de espera, tras largas conversaciones con el encargado de la dirección consular: "Aunque yo carecía de dinero para comer, salía a la calle esa noche respirando como un ministro consejero".

 Fueron años de poco trabajo como funcionario consular, pues se limitaba a legalizar documentos de embarques comerciales transportados desde la India a Chile, así como reducida actividad social, aunque le proporcionó la oportunidad de conocer en Calcuta a Gandhi y seguramente dedicar muchas horas a la poesía, fruto de lo cual es Residencia en la tierra. Sin embargo, en su autobiografía se denota cierto desencanto; Neruda aclara que el Oriente no influyó en su escritura en lo temático o estilístico, sólo como marco o escenario. "No creo, pues, que mi poesía de entonces haya reflejado otra cosa que la soledad de un forastero trasplantado a un mundo violento y extraño".

 En 1930 es trasladado a Batavia (Java); se publican nuevos poemas y contrae matrimonio. En 1933 es nombrado en Buenos Aires para ejercer funciones consulares; tiene la oportunidad de conocer a Federico García Lorca, lo que se constituye en su primer contacto con un país que lo marcaría como hombre y creador, España. Con García Lorca realiza un homenaje al gran Rubén Darío, mediante un texto escrito a dos manos y leído a dos voces, un discurso al alimón, metáfora de esa peligrosa suerte en la cual dos toreros comparten muleta.

 El año de 1934  marca un cambio en su destino como diplomático y poeta. Es designado en Barcelona como cónsul mientras su amiga Gabriela Mistral ejerce el mismo cargo en Madrid; Neruda desde su llegada se siente enamorado y bien correspondido del entorno español, que le reconoce como vate. Aunque en Barcelona se siente a gusto con su jefe, Tulio Maqueira, cónsul general, los números le atormentan, mientras en Madrid le esperan las letras. "Descubrió rápidamente don Tulio Maqueira que yo restaba y multiplicaba con grandes tropiezos, y que no sabía dividir (nunca he podido aprenderlo). Entonces me dijo: —Pablo, usted debe vivir en Madrid. Allá está la poesía".

 En efecto, en 1939 debe reemplazar a Mistral en sus labores en Madrid, debido a unas opiniones de la poeta contrarias al proceso de conquista español, lo que provoca su traslado. Neruda establece contacto y amistad con los poetas de la llamada Generación del 27. Sin embargo, los acontecimientos terribles de la Guerra Civil, particularmente el asesinato de García Lorca, inducen a Neruda a tomar partido a favor de la República en desprecio de los militares levantados, provocando una destitución disfrazada de supresión del cargo en 1936. De regreso en Chile, publicaría España en el corazón e inicia una serie de acciones a favor de los republicanos españoles, que lo llevaría a desempeñar su más entrañable cargo diplomático.

 A pesar de estar recién operado y enyesado de una pierna, acepta gustoso el nombramiento en 1939 en París como "cónsul para la emigración española"; la comisión no podía ser más explícita, Neruda se encargaría en cuerpo y alma a adelantar gestiones para que cientos de españoles puedan emigrar a Chile, lo que más allá de simpatías políticas significó salvar las vidas de familias enteras. "Eran pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una muestra de la fuerza, del heroísmo y del trabajo. Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso".

 La mejor recompensa de Neruda fue saberse defensor de la dignidad humana; quienes hemos pasado por la experiencia consular sabemos que se trata de una actividad en ocasiones ingrata, que poco se reconoce, y cuyas satisfacciones son de orden espiritual, luego de ayudar a otro ser humano en dificultades. Sin duda, aparte de esta loable acción, Neruda siempre cumplió con sus deberes consulares; él mismo había sido víctima en su viaje a Oriente de aquellos funcionarios poseídos por un poder inexistente, quienes no reconocen que son servidores públicos: "Brindamos muchas veces en honor de todos los viajeros desdichados desatendidos por los cónsules perversos que andan desparramados por el mundo".

 Después de tan noble actuación, Neruda es nombrado cónsul de Chile en México en 1940, un México "florido y espinudo". Allí se relacionaría con otros artistas comprometidos ideológicamente como Diego Rivera. Como era su costumbre, conoció el país en sus escenarios más puros y entrañables, donde el pueblo desarrolla su vida cotidiana. "Lo recorrí por años enteros de mercado a mercado. Porque México está en los mercados".

Vendrían entonces los años de la militancia política, su designación como senador de la República, las persecuciones que lo convertirían en exiliado, como aquellos a quienes protegió, pero al mismo tiempo su consolidación como poeta, siendo reconocido en altos centros académicos y literarios del mundo entero, que no hacían distingos de posiciones políticas. El seudónimo Pablo Neruda se convierte, mediante acto debidamente notariado, en nombre legal. En su actividad pública llegó a ser candidato a la presidencia de Chile, declinando finalmente a favor de su amigo Salvador Allende, quien luego lo designaría embajador en Francia en 1971.

De esta manera, Neruda llegó al máximo cargo al que aspira cualquier diplomático, y así como paralelamente se habían mezclado sus actividades literarias y diplomáticas, en el mismo año de su consagración en el servicio exterior se le otorgó el mayor reconocimiento a su quehacer poético, el premio Nobel. Sobre este último acontecimiento no hay nada que agregar. En cuanto al cargo de embajador, no fue del todo fácil, existía la resistencia de quienes consideran que los altos nombramientos diplomáticos deben ser otorgados a apellidos de tradición y linaje. "Tal vez los viejos embajadores se estaban vengando de un arribista que llegaba a suplantarlos sin méritos burocráticos ni timbres genealógicos". Para fortuna del señor embajador, fue nombrado como consejero de la Embajada otro buen funcionario con vocación literaria, "diplomático de carrera y escritor de relieve. Se trataba de Jorge Edwards".

Como es de conocimiento general, en 1973 el poeta y diplomático Pablo Neruda moriría en su refugio personal en Isla Negra donde, cuentan, había mandado instalar un techo de zinc para escuchar claramente las gotas de lluvia al caer, sonido que lo transportaba a su infancia. Se encontraba también en medio de la oscura tormenta que representó el golpe militar, el cual lo reconocía como enemigo y posible blanco de sus ataques. De esta manera terminará el itinerario vital de Neruda, a quien la posteridad le reconocerá como uno de los mejores embajadores del país de las letras para los hombres del futuro.


José Rafael Otazo M.
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Profesor Universitario.   
Miembro Correspondiente de la Academia de la Lengua, capitulo Carabobo.
Miembro de la Ilustre Sociedad Bolivariana de Venezuela.
Miembro de la Digna Sociedad Divulgadora de la Historia Militar de Venezuela.
Miembro de La Asociación de Escritores del Estado Carabobo.
Investigador en la Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica.

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