martes, 21 de julio de 2015

Hablando de...El lenguaje diplomático.


Muchas veces no se trata de la diplomacia de salón sino de aquella técnica que, al decir de Nicolson, se transforma en “ese cauteloso hablar quedándose por debajo de la realidad que capacita a los diplomáticos y ministros para decirse entre sí cosas punzantes sin ser por ello provocativos ni descorteses”.

En este sentido, la necesidad de mantener siempre el tacto y la mesura, aun en situaciones críticas y de siempre dejar abiertos los cauces para las negociaciones y la solución política de cualquier asunto, da como resultado la existencia de una técnica, donde los modismos afables y amigables, pueden incluso contener serias advertencias.

Un ejemplo demuestra que cuando se dice que un Embajador “ha sido llamado a consultas” generalmente significa que se le llama para bajar el nivel de las relaciones entre dos países y para darle instrucciones precisas frente a tal hecho, aunque esas llamadas pueden prorrogarse durante largos períodos, durante los cuales la Misión Diplomática queda a cargo de un funcionario de menor rango o queda simplemente acéfala.

Este lenguaje tiene una utilidad clara, pues sirve para evitar la complicación innecesaria de negociaciones diplomáticas o el escalamiento de un conflicto que enerva más a las partes así como permite brindar un mensaje objetivo a la opinión pública evitando caer en una situación alarmista.

En definitiva, los diplomáticos deben ser profesionales que conozcan todas las técnicas que facilitan la paz y el diálogo, donde al decir de Maurois sepan decir las cosas difíciles o penosas de una manera estratégica y agradable.

Es vital que las pasiones se alejen para que afloren los intereses, pues de las primeras es muy difícil una transacción, más aún cuando un resentimiento producido por una palabra inadecuada ha causado más guerras que las rivalidades económicas.

A través de la diplomacia se tratan los asuntos entre los países, desde los rutinarios hasta los más espinosos. Si el lenguaje de estos tratos fuera el común de la población, muchas platicas entre diplomáticos terminarían con los puños.

El lenguaje elegante colabora a la mejora de las relaciones entra países, o por lo menos a no empeorarlas.

No es sorprendente pues que mucho del lenguaje diplomático venga del francés y del latín. Suena bien y sobre todo evita reacciones negativas en quien lo escucha.

Por ejemplo, si un diplomático dice esto es un casus belli causará una impresión favorable llena de finura, gracia y distinción. De acuerdo, se trata de una práctica declaración de guerra, pero nadie se podrá quejar que esa guerra ha tenido un comiendo delicado, lleno de garbo y desenvoltura.

La llegada de la valisse es todo un acontecimiento en una embajada. No otra cosa que una o más valijas que tienen garantía de inviolabilidad por parte del país donde se encuentra la embajada, es decir, nadie la abre en la aduana.

Desde luego, la valisse se utiliza para llevar y traer correspondencia entre embajadas y sus países, lo que demuestra la falta de confianza de los gobiernos en sus propios servicios de correo. La valisse es muy apreciada pues permite el fácil acceso personal de la embajada a productos de origen del país.

Si alguien dice esto es un caso foederis hay que ponerse a temblar. Quiere decir que ese país va a llamar a sus amigos para que le ayuden contra cierta nación. Cuando un embajador se va de vacaciones, o por alguna otra razón se ausenta de su puesto dejando miles de asuntos pendientes, el pobre tipo que los sustituye recibe el nombre de chargé d’affaires. Lo bonito del título compensa lo pesado del trabajo.

La vida del diplomático está llena de actos sociales, menos de las que uno se imagina y más de los recomendables para la salud. En estos actos sociales cobra especial importancia el placement, o sea, el arte de colocar a las personas alrededor de una mesa de manera que todos estén a gusto y rodeados de gente con la que simpatizan. Se trata de que todos pasen el tiempo agradablemente. El placement es complicado dada la cantidad de países que ya tiene el mundo y el hecho de que no puede ignorarse a ninguna nación por pequeña que sea.

Unos de los ejemplos más clásicos del lenguaje diplomático se da más o menos frecuentemente cuando algún gobierno declara algún diplomático persona non grata. En realidad eso significa “no lo queremos aquí, váyase a su país inmediatamente”. Suena muy bien y halaga a los otros diplomáticos pues le está diciendo que ellos son persona grata.

En la política interna de un país está permitido utilizar frases que parecen grosera y vulgares si se compara con las de la diplomacia internacional. Un político habla duro a sus paisanos y suave a los extranjeros. Supóngase el caso hipotético de un país que poco a poco va enojándose con otro.

Ese país utilizará el lenguaje diplomático para manifestar su posición sin alarmar a nadie innecesariamente. Las etapas de una escalada de enojo son variables, sin embargo para propósitos didácticos pueden distinguirse ocho:

1. “Mi gobierno no puede permanecer indiferente” es la primera manifestación de que algo anda mal. Equivale a decir algo como “ándate con cuidado porque este asunto es importante para nosotros y vamos a hacer algo al respecto”.

2. “Mi gobierno percibe con preocupación” es una advertencia más fuerte aunque todavía no hay nada firma al respecto. Es una forma de decir “voy a tomar una decisión que no te va a gustar”.

3. “Mi gobierno se ve obligado a reconsiderar la posición” equivale a decir “hasta ahora si no fuimos amigos por lo menos nos tolerábamos, a la siguiente que hagas va haber enemistad”.

4. “Mi gobierno se siente obligado a formular expresamente sus reservas” significa un claro “cuidado por que no voy a permitirlo”.

5. “Mi gobierno se ve obligado a considerar sus propios intereses” es una advertencia que puede sonar bien en un periódico, pero para el que entiende el lenguaje diplomático quiere decir que el asunto va muy mal. Significa “voy a romper relaciones contigo”.

6. “Mi gobierno lo considerara como un acto no amigable” representa una etapa muy avanzada del conflicto. Equivale a decir “te estoy amenazando y va en serio”.

7. “Mi gobierno no puede hacerse responsable de las consecuencias” es igual a decir “un paso más y nos vamos a dar de golpes, te lo advertí antes y nunca me hiciste caso”. Sin embargo, ¡que elegancia y que caballerosidad hay en esa expresión!

8. En la última etapa hay un ultimátum, “o haces esto, o es la guerra”. En lenguaje diplomático se puede decir “Mi gobierno tendrá bien en esperar su amable respuesta no después del 15 a las 5:30 de la tarde, hora local”.



José Rafael Otazo M.
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Profesor Universitario.   
 
Miembro Correspondiente de la Academia de la Lengua, capitulo Carabobo.
Miembro de la Ilustre Sociedad Bolivariana de Venezuela.
Miembro de la Digna Sociedad Divulgadora de la Historia Militar de Venezuela.
Miembro de La Asociación de Escritores del Estado Carabobo.
Investigador en la Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica.

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