sábado, 12 de noviembre de 2016

Discurso de Incorporación como Miembro Correspondiente a la Academia de la Lengua Capítulo Carabobo del Comunicador y Artista Denis Miraldo.




El escritor como artista integral ante los retos  de la comunicación actual


DEDICATORIA:

A Melania. Mi amor infinito. Mi fortaleza. Mi musa.

A Cesar y María Eugenia. Mis padres. Maestros supremos de la vida.

A mis hermanas Marisol y Dina. Mis cómplices. Mis niñas.

A mis hijas Manuela y Melian. Mis inspiraciones. Mi tesoro de la montaña.

A Tknela Teatro. Yuri. Carolina. Diego. Franceliz. Moncho. Todos los tknelos. Todos los niños y su derecho al arte. Mi sueño. Más allá de los cuentos.

A mis compañeros en El Taller de Calíope, Zona de Descarga, Valÿnor, Buena Vibra Social Rap, Don Bosco por Siempre, Zanni Teatro, Cometa de Cantaura, Fundación para la Cultura y todos los artistas que me han acompañado incondicionalmente.

Al profesor Cristóbal Gornés. El primero que creyó en mí.

A todos mis maestros. Hoy especialmente a los que partieron hace poco Carlos Herrera, Enzo Flumery y Miguel Torrence.

A mi patria Venezuela y Portugal. Por enseñarme que soy ciudadano del mundo.

A mi amada ciudad de Valencia, la de Arturo Michelena, Renny Ottolina y José Rafael Pocaterra.




Capítulo I: Sobre el verdadero artista

“15 de noviembre de 1910 Casi ninguna palabra que escribo se adapta a las demás; oigo cómo las consonantes se rozan con sonido metálico, y las vocales lo acompañan con un canto que parece el de los negros en las ferias”. Franz Kafka

Hay cosas que te definen para toda la vida. Un beso. Un consejo. Un hecho. O un libro. Hace ya treinta años mi padre puso en mis manos una Historia Universal de la Música del francés Roland de Candé. Yo, que en realidad tengo una memoria indisciplinada, me encontré con una frase que se quedaría grabada en mi mente para siempre. En el proceso de búsqueda de la identidad y un puerto al que llegar, de repente tuve la certeza que había encontrado una respuesta a las preguntas tempranas de la adolescencia:

“El verdadero artista no busca agradar inmediatamente, salvo que dependa de ello su supervivencia. Fundamentalmente subversivo se reserva la libertad de imponer cambios, a pesar del público, obedeciendo a necesidades históricas, técnicas o estéticas. El artista está integrado en la sociedad, con su libertad y si es incomprendido es porque es profético. El conflicto del arte y la sociedad es una realidad objetiva, inherente a la esencia del uno y de la otra”.

La digitalización del mundo actual nos lleva, inevitablemente, a un escaneo de nosotros mismos, ya no sólo la producción se despliega en las redes, en los videos, los blog, los archivos adjuntos, los pdf, sino que poco a poco nos vamos conectando en la red hasta el punto de sumergir nuestras moléculas en el caldo de la inteligencia artificial, somos  avatares primero y luego seres biorobóticos; un ser humano imparable que conquistará parte del espacio hasta que el fin sea inevitable.

Mientras tanto hay mucho trabajo que hacer. Y el verdadero escritor que realmente tiene una propuesta, un discurso, lo necesario para cautivar al público, para mí necesariamente desde lo genuino, anda siempre en busca de reinventarse, de superar tanto ruido de la sobrecarga informativa y la vorágine citadina para hacer escuchar su voz, ante un público infoxicado, enfermo de infobesidad.

Ernest Hemingway, dijo una vez en una entrevista para la revista parisina Arts, que un escritor que deja de observar ha terminado. Y en este punto vamos a establecer canales comunicantes desde la observación y la investigación hacia el arte multidisciplinario como medio de un discurso humanista con criterio y responsabilidad social.

Cuando las disciplinas se transforman en herramientas, cuando la expresión halla caminos que pueden ser tan cotidianos que no los veíamos o tan experimentales que ni nos imaginábamos. Cuando las etiquetas y los ismos pierden protagonismo y simplemente somos nosotros, creadores, quienes nos expresamos de manera integral, entonces surge la interacción del artista con su entorno, retroalimentándose de él, embelleciéndolo, interviniéndolo, con melodías, colores, formas, metáforas. Es el barro del que surge la vida.

Para la escritora brasileña Clarice Lispector “Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba”.

A mediados de los noventa, cuando ejercía la profesión del periodismo en el diario La Calle, me encontré con una noticia de las que llamábamos cable. Era una de esas tantas sobre incautación de narcóticos en el aeropuerto de Maiquetía, provenientes de las agencias que teníamos en esa época, Venpres, Reuters y Efe.

Pero esa nota era diferente. Se trataba del príncipe de una tribu africana. Es lo primero que llama la atención. Es raro que, apartando el eurocentrismo del comentario, uno escuche eso de las naciones ancestrales que aun pueblan nuestros reducidos ambientes naturales.  Uno se encuentra más con el hijo del cacique, o el hijo del jefe tribal.

El hombre viajaba con un alijo de cocaína en el estómago, hasta que uno de los dediles se le reventó provocándole un delirio progresivo, en un hecho que se convertiría en un caso único para la investigación científica judicial de ese entonces.

Al ser retenido por las autoridades, el hombre pidió vehemente papel y lápiz, consciente de su pronto final. Los policías se lo suministraron.

En este punto es en el que quiero detenerme para entender un poco más la función del escritor. La vieja discusión de lo que es literatura y lo que no es, aunque ambos estén hechos de los mismos elementos, letras, palabras, oraciones, reglas gramaticales o figuras retóricas.

¿Qué mueve a una persona a escribir? Por supuesto, son demasiadas razones como para enumerarlas. Sólo me detengo en una. La vocación de transmitir un mensaje. Por supuesto no necesariamente moralizante. Puede ser por placer estético. Cada punto de vista es válido, la diversidad de propuestas para mí hace más atractiva la oferta, tanto desde los extremos puristas a los intermedios mestizos.

La capacidad de generar sentimientos, afectos e identificación en el público es el resultado de la atemporalidad que sobrevive los embates de las modas impuestas. Andamos siempre en busca del escritor humanista con la suficiente lucidez para comprender su tiempo y capacidad de incidir positivamente en la sociedad.

Puede partir de su época para contar historias milenarias y por eso antiguos textos a veces nos parecen tan cercanos, como el libro del Eclesiastés en la Biblia, donde el predicador se pregunta, “¿quién sabe cuál es el bien del hombre en la vida, todos los días de la vida de su vanidad, los cuales él pasa como sombra? Porque ¿quién enseñará al hombre qué será después de él debajo del sol?”.

George Orwell no creía “que se puedan captar los motivos de un escritor sin saber antes su desarrollo al principio-“. Decía que “Sus  temas estarán determinados por la época en que vive -por lo menos esto es cierto en tiempos tumultuosos y revolucionarios como el nuestro-, pero antes de empezar a escribir habrá adquirido una actitud emotiva de la que nunca se librará por completo.

Lo que más he querido hacer durante los diez años pasados es convertir los escritos políticos en un arte. Mi punto de partida siempre es de partidismo contra la injusticia. Cuando me siento a escribir un libro no me digo: ‘Voy a hacer un libro de arte’. Escribo porque hay alguna mentira que quiero dejar al descubierto, algún hecho sobre el que deseo llamar la atención. Y mi preocupación inicial es lograr que me oigan”.

El papel fue al encuentro del hombre y guardó en su memoria, frágil y perenne a la vez, sus últimas palabras… Se lamentaba de la pobreza de su aldea, pedía perdón por deshonrar a su familia, por defraudar a su padre el Rey, se reprochaba no haber tenido éxito en volver con el dinero que cambiaría tantas cosas, la eterna esperanza frustrada, la trampa de la utopía, la injusticia social.

A medida que iba avanzando en la carta, también nadaba en sus ríos internos la mortífera sustancia, mientras su letra se volvía más errática, hasta perderse en incoherencias y soltar el lápiz, que es lo mismo que morir.

Capítulo II: Sobre la transformación desde el arte.

“El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante.

El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo”.

Este texto de la novelista española Ana María Matute ilustra poéticamente el viaje del arte en los senderos de la humanidad. Percibo el escenario teatral como un espacio infinitamente grande donde puedo pasear por sus historias, como si las tablas fueran el cielo, el mar, el bosque, una casa, un palacio… Se diluyen las fronteras entre lo literario y lo escénico, al representar o al leer.

Y por qué se llega al punto de querer que esas palabras cobren vida, tanta vida que hagan llorar, o reír o, más aun, transformar a una persona al identificarse en la evolución de un personaje. Bertold Brecht decía que “el arte no es un espejo para reflejar la realidad, sino un martillo para darle forma”.

Así que la dramaturgia es un juego, una herramienta y una proyección. El teatro es ese gran y poderoso aparato artístico que le da vida a un discurso.

El Nobel portugués José Saramago decía que “como cualquier otro lector, o escritor, me busco a mí mismo. Busco encontrarme en páginas, en ideas, en reflexiones, reconocer que somos algo más que esto que se presenta como ‘realidad’, ése sigue siendo el mayor deslumbramiento”.

Hace diez años, una niña de Cantaura en el estado Anzoátegui, se sentó emocionada en los asientos dispuestos para el público. Venía de jugar y traía abrazada una pelota. La agrupación valenciana Tknela Teatro presentaba un cuento del escritor colombiano Nicolás Buenaventura Vidal que adapté para muñecos, actores, artes visuales y música en vivo.

La historia fusiona la narración oral de la Costa de Marfil en África con la costa del pacífico en Colombia en una puesta en escena onírica y lúdica. La protagonista es una niña como tantas en el mundo, como quizás nos pasó a alguno de nosotros. Tiene muchas preguntas y sus padres no tienen tiempo para ella. Esas pequeñas tragedias del día a día.

En fin, a medida que se acercaba la obra, nuestra niña espectadora se iba compenetrando más y más con el personaje, y vivía, sufría y reía intensamente cada aventura de Amaranta. Después, los aplausos en medio de la canción final, la despedida, las fotos, las gratitudes, hasta ese momento solemne en que guardamos a los muñecos.

La niña se acercó hacia la actriz – titiritera y le pidió conversar con Amaranta, lo que se dijeron exactamente solo ellas lo saben. La niña acaso sobre su familia, sus alegrías y tristezas. Amaranta callada escuchaba con la sabiduría del arte ancestral de los títeres y las marionetas. La niña del oriente venezolano, consuela a Amaranta por sus pesares y le obsequia el balón. El afecto le abrió el camino a la comunicación, y ésta, a la gratitud.

Para la norteamericana Mary Flannery O’Connor “Un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana”.

Entonces yo me pregunto. Quién esperaría que fueran los niños los que le den regalos a San Nicolás, o al Niño Jesús. Sólo de un corazón agradecido pueden salir gestos como los de la infancia de Regino Peña al sur de Valencia. El proyecto Ghetto Sur, al igual que el movimiento Vibración Positiva, me invitan cada año a compartir con nuestros niños, los de nuestra ciudad, de nuestro barrio, como Rasta Claus. Y ese día, más de treinta niños que me rodeaban, se me fueron acercando para obsequiarme los  silbatos, que habían recibido junto a los juguetes donados, mientras abrazaban y decían gracias.

A unas dos horas de Canoabo, se llega, en vehículos rústicos, a caseríos olvidados en los Valles Altos carabobeños, donde organizamos el Encuentro Más Allá de los Cuentos. Pocos años antes de su partida terrenal, el genial titiritero Eduardo Di Mauro llevó su Teatro Tempo a uno de esos pueblitos, donde los niños van a una escuelita rural, un día vestidos sólo con franela y al otro quizá solo un short. Un lugar sin electricidad y televisión. El maestro Di Mauro se conmovió ante el llanto de los niños al ver los títeres aparecer y moverse. Un escaso lujo para ellos en pleno siglo XXI.

El uruguayo Felisberto Hernández responde la eterna pregunta de la siguiente manera: “Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda”.

Pues yo sí creo en el arte como elemento transformador de la sociedad. De hecho los grandes capitales de la industria lo saben y utilizan todo el conocimiento acumulado por tantos pensadores y creadores de la historia para contarnos también buenas historias y, al mismo tiempo, imponer culturas y nuevos hábitos de consumo.

El escritor no debe estar desconectado de su tiempo. La ingenuidad, la improvisación, la elección al azar de las figuras retóricas, de los elementos narrativos y un ego que desdibuje el objetivo fundamental de un texto son factores perturbadores que van aislando al artista y minan sus capacidades creadoras.

El pasado 10 de octubre falleció mi amigo Carlos Herrera, presidente de la Asociación Venezolana de Crítica Teatral y estos días he releído algunas entradas de su blog Bitácora Crítica. A finales de agosto publicó lo siguiente:

“No, creo que el teatro para la niñez deberá comprometer un sentido de transformar con agrado, de moldear con apego a principios morales y éticos como de ser medio para crear un real encuentro de esa persona que, lentamente empieza a integrarse como miembro de una sociedad.

El que sea o no entretenido, que le permita pasarla bien por espacio de una hora o algo más, que las formas expuestas sean digeribles o aprehensibles no excluye ese vital compromiso de formarlo como un ciudadano consciente, de un ser social capaz de discernir auténticos valores más aun en lo que entendemos como este tiempo y esta forma de ser latinoamericana”.

Capítulo III: Sobre la conexión en el arte.

Escenificar los versos, transformarlos en canciones, en danza, en poesía visual. Es la perfopoesía que la agrupación valenciana El Taller de Calíope ha desarrollado en los últimos años, con festivales y los recitales multidisciplinarios con una base dramatúrgica.

El énfasis en autores locales como José Rafael Pocaterra, Vicente Gerbasi, José Joaquín Burgos, Victor Racamonde, Abigail Lozano e incluso las frases encendidas de Simón Bolívar y Manuela Saenz se han convertido en diálogos poéticos y canciones que superar la barrera del tiempo y la indiferencia y revitalizan el legado literario para las generaciones del presente y del futuro. Como decía Joan Miró, “Para ser universal hay que ser profundamente local”.

Así que ya no son solo el cine y el teatro los capaces de interactuar con otras artes. Para nosotros la poesía, la literatura es materia prima del producto final o es hilo conductor de un discurso escénico lleno de significantes y significados.

En una ciudad desconectada y desarraigada, le hemos dado vitalidad a la Casa José Rafael Pocaterra, hace poco levantaba de esa ruina que va borrando para siempre la arquitectura del centro de Valencia proceso al que asistimos como testigos pasivos o dolientes sin funeral.

Por eso hemos ido a la tumba del escritor en el Cementerio Municipal, a hablar de historia, a conversar, a orar, a cantar, como si visitáramos la última morada de un amigo para recordarlo, porque un escritor como Pocaterra necesita urgentemente ser redescubierto, para denunciar la larga sombra de la decadencia que se extiende hasta nuestros días en nuestro país.

Y cómo máxima expresión del carácter social del arte literario enriquecido por la interacción, propongo hacer entre todos un gran cadáver exquisito, un caligrama en estética de mandala, un ejercicio colectivo para renunciar a tanto ego improductivo que nos aleja de la lucidez necesaria para entender esta vida y recrearla a través del arte. La imaginación de nuevos universos, la construcción del mundo posible.

Volviendo a la adolescencia, guardo un recuerdo inolvidable, en los días en que estudiaba en la Escuela de Música Sebastián Echeverría Lozano, dirigida en ese  entonces por Cristóbal Gornés. Estaba en el pasillo sentado cerca de la mamá de algún compañero y comencé a cantar a capella una vieja canción.

Yo penoso como siempre, comenzaba a tener un poco de seguridad para cantar frente a otra persona, y de repente noté que unas lágrimas van bajando desde los ojos por las mejillas hacia pensamientos distantes. Empecé a entender que tenía una misión en la vida. Al año siguiente, siendo aun estudiante, el profesor Gornés me pidió que me encargara de la clase de teoría y solfeo de los sábados.

Ahí supe que iba por buen camino, el mismo que me trajo a trabajar por la cultura de mi ciudad y hoy me trae aquí ante ustedes para incorporarme a la Academia de la Lengua, no de una manera decorativa, sino para seguir construyendo esa sociedad posible, no la de la esperanza y la utopía, sino una muy real que se edifica a diario desde el pensamiento, las artes, las letras y la acción.

Conclusión: Volver al inicio.

Desde tiempos ancestrales, a la luz de la antorcha, frente al mar o en la cueva, el ser humano interactúa con la realidad en sus múltiples expresiones. Los hermanos mayores cuentan a los otros niños sobre su valentía en una escena épica de cacería con diálogos y expresión corporal, mejor dicho teatro. En una pared lateral, otro joven dibuja con vivos colores la escena con maestría y referencias astrales y de dioses olvidados. Las mujeres practican la danza de la cosecha o de la lluvia, o de la muerte, con las niñas. El anciano conversa con los adultos sobre la cacería del día siguiente y les narra historias antiguas de dioses y bestias parlantes. Cerca de la entrada de la cueva otros jóvenes tocan un tambor, una flauta y unas maracas. Nada más humano que eso.

“Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren dejar creer a la gente que escriben gracias a una especie de sutil frenesí o de intuición extática; experimentarían verdaderos escalofríos si tuvieran que permitir al público echar una ojeada tras el telón, para contemplar los trabajosos y vacilantes embriones de pensamientos”. Edgar Alan Poe.

Denis Miraldo



FIN

Teatro Municipal de Valencia
04/11/2016

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