jueves, 8 de octubre de 2015

Hablando de...La movilidad de la diáspora y comunicación entre poblaciones de origen africano en el Circuncaribe.



Los afrodescendientes que residieron en las regiones fronterizas del Caribe vivieron de manera más activa e interconectada de lo que se había creído. El enfoque historiográfico de la esclavitud en las plantaciones (en las cuales hay que admitir que estaba la mayoría de los esclavos) han ocultado durante largos siglos las conexiones entre los africanos que vivían en las ciudades circuncaribeñas coloniales. Puede afirmarse que los exploradores africanos conocieron la región tan bien como los mismos españoles a los que acompañaban como asistentes.

En los siguientes tres siglos y medio, la Corona Española utilizó poblaciones negras a todo lo largo de su dominio, según lo fuera necesitando, al igual que hizo con las poblaciones de españoles, criollos e indígenas. Era práctica común que el gobierno español condenara a los rebeldes y criminales africanos a ser deportados de una colonia a otra, junto con los esclavos del rey, les imponía trabajos públicos, uno de ellos era defender las lejanas fronteras. Asimismo, los negros libres que vivían alrededor de las fronteras marítimas españolas buscaban cualquier oportunidad para encontrar actividades que les permitieran tener movilidad, tales como navegar como piratas, corsarios o marineros desde un puerto español a otro.

Las milicias españolas de negros libres también circulaban entre los importantes puertos caribeños como La Habana, Nueva Orleans, San Agustín y Veracruz. Estas personas de “destreza lingüística, maleabilidad cultural y soltura social” que el historiador Ira Berlin ha llamado “criollos atlánticos”, seguían con mucho interés los cambios en las corrientes políticas y los conflictos imperiales.

El historiador Phillip Troutman ha llamado a este conocimiento, tan difícil de obtener porque en gran parte se logra a través de la comunicación oral, como “alfabetización geopolítica”. Al contrario de lo que se piensa, al menos durante buena parte del siglo xviii, africanos y afrodescendientes en el mundo hispano tuvieron acceso a una amplia información política de forma impresa Tanto sus bibliotecas como su correspondencia reflejan que estaban versados en los debates de la época sobre los derechos naturales y constitucionales de los hombres, y en las buenas y justas formas de gobierno; y actuaban movidos por estos conocimientos.

Este artículo emplea una amplia variedad de fuentes históricas de archivos de España, Cuba, México y Florida para seguir los caminos de los africanos y sus descendientes en el Circuncaribe colonial, y examinar algunas de las consecuencias que propiciaron estas redes económicas y sociales.

Africanos en la exploración, conquista y poblamiento del Circuncaribe

Afrodescendientes libres y esclavos estuvieron presentes en cada “descubrimiento” español y arriesgaron sus vidas continuamente por la Corona Española. Todas las campañas militares de España en los siglos xv y xvi contra poblaciones indígenas, incluyeron pequeñas cantidades de afrodescendientes. Juntos, españoles y africanos, formaron una limitada y especializada unidad de experimentados exploradores en la región del Circuncaribe, con la finalidad de descubrir nuevos territorios, esclavizar e incluso llevar a cabo guerras de conquista.


Natural de África Occidental, Juan Garrido viajó desde Sevilla a la Española en 1496, donde él y otros negros libres, como Juan González (Ponce) de León, intérprete del idioma taino y cuyo nombre heredó de su patrón español, se unieron a la guerra de “pacificación” contra poblaciones nativas en rebelión. Una vez que las guerras indias en la Española perdieron intensidad, Garrido y un pequeño grupo de soldados veteranos africanos se unieron a las nuevas conquistas y exploraciones caribeñas.

Garrido participó junto con Juan Ponce de León en la conquista de Puerto Rico y en el “descubrimiento” de La Florida, y más tarde en la conquista de Cuba por Diego Velázquez. Desde Cuba, Garrido se juntó a varias incursiones esclavizadoras por todas las Antillas. Después se unió a Hernán Cortés en la espectacular conquista del imperio azteca. Garrido ganó varios puestos oficiales por “méritos y servicios”, documentación que ha permitido obtener información sobre su vida y actividades. También varios códices aztecas representan a Juan Garrido al lado de Cortés. Más tarde, ambos buscarían a “negras amazonas” en Baja
California.

Dos africanos, en la misma época, estuvieron entre los primeros exploradores de la vasta región de Norteamérica. El marroquí esclavizado Esteban sobrevivió a huracanes y a un intento desastroso de Pánfilo de Narváez para crear una colonia española cerca de la bahía de Tampa (Florida) en 1528. Sólo cuatro hombres sobrevivieron a esta expedición fallida. Esteban, aparentemente versado en varios idiomas, “estuvo constantemente en conversaciones, averiguando rutas, ciudades, y otras materias que deseábamos saber”.

Después de ocho años vagando por miles de millas a lo largo de la costa del Golfo de México y hacia el oeste hasta llegar al Océano Pacífico, Esteban y tres sobrevivientes españoles “resurgieron de la muerte”, llegando a la Ciudad de México en 1536. Impresionado por las habilidades de supervivencia de Esteban, su conocimiento de geografía, lenguas nativas y sanación, el virrey de la Nueva España lo asignó para guiar la expedición de Francisco Vázquez de Coronado de 1539 para buscar las legendarias Siete Ciudades de Cíbola. Acompañado por sus dos perros y llevando una “fantástica maza hecha de calabaza” con “una cadena de campanas, y dos plumas, una blanca y otra roja, en señal de paz”, Esteban viajó rumbo al norte de Arizona, donde encontró su destino final. Aparentemente los indios zuni lo confundieron con un cazador de esclavos español y lo mataron.

Mientras tanto, un africano libre, calafate de Vizcaya, Ber-naldo Calderón, fue uno de los pocos que sobrevivieron a la conocida como maldita expedición de Hernando de Soto a través de la región sudoriental de Norteamérica. Después de cuatro años y 600 millas recorridas, Bernaldo volvió a la Ciudad de México “vestido sólo con pieles de animales”.
Africanos en la defensa del Circuncaribe

Mientras “negros” libres y esclavos continuaron explorando y expandiendo las fronteras españolas por toda Norteamérica, otros esclavos afrodescendientes ayudaron a los españoles a hacer lo mismo en Centroamérica y Sudamérica. Al mismo tiempo, en las periferias del Imperio, los oficiales españoles, faltos de milicia, empezaron a incluir africanos libres y esclavos en sus fuerzas defensivas.

Normalmente los esclavos desempeñaron en la milicia actividades como músicos, tocando el tambor y el pífano en las compañías de sus dueños, y también como traductores de varias lenguas indígenas. Otros negros esclavos tripularon galeras reales o barcos de patrulla organizados localmente a lo largo del Circuncaribe.

España en esa época todavía tenía una gran dificultad para defender los puertos caribeños, en los cuales se realizaba todo tipo de comercio y se transportaban los tesoros americanos. Como un punto de encuentro para las flotas llenas de éstos, La Habana era el puerto más significativo de todo el Circuncaribe, y los patrones establecidos allí eran emulados en otras partes. Cuando Francia y España estaban en guerra en 1552, “el Caribe llegó a ser por primera vez una importante escena de guerras internacionales”, y pronto oficiales españoles se quejaron de que las aguas del Caribe estaban “tan llenas de franceses como la Nueva Rochelle”.

Cuando los piratas franceses atacaron La Habana en 1555, aproximadamente cien negros y un número igual de indios se unieron a 40 españoles en una defensa sin éxito de la ciudad. La amenaza francesa a finales del siglo xvi fue tan grave que otros gobernadores españoles pronto hicieron lo mismo. Negros esclavizados ayudaron a defender Puerto Rico en 1557, Cartagena en 1560 y 1572, y Santo Domingo en 1583.

A comienzos del siglo xvii, España luchaba con diversos rivales europeos en el “lago español” y, ante la posibilidad de perderlo todo, la única opción fue fortalecer sus baluartes. Para ello emplearon una mezcla de trabajadores forzados, esclavos reales y ocasionalmente indios, con los cuales el gobierno español levantó grandísimas fortificaciones en La Habana, Santo Domingo, San Juan, Cartagena, Portobelo, Acapulco, San Agustín y San Juan de Ulúa, así como algunas pequeñas construcciones en puertos menores a lo largo de sus costas amenazadas.

España también mantuvo escuadrones navales y pequeñas guarniciones armadas en la región, que tenían normalmente escasos recursos. Armar antiguos esclavos fue lo que permitió a España mantener el Circuncaribe como una de sus posesiones durante tres siglos.

Los negros también sirvieron como parte de las improvisadas fuerzas de defensa en plantaciones rurales y ranchos por toda esta región, y no fue rara la ocasión en que vaqueros negros participaran en expediciones militares contra comunidades de cimarrones. Por ejemplo, en 1609, el hacendado Pedro González de Herrera recibió una real comisión para atacar un campamento cimarrón en las montañas de Orizaba, Veracruz. Reclutó a una compañía multirracial que incluía 150 arqueros indios, cien soldados reales, algunos mercenarios españoles y vaqueros negros, mulatos y mestizos.

Las fuerzas multirraciales de González lucharon en largas y difíciles batallas contra las fuerzas de cimarrones del famoso Yanga, quien finalmente pactó una tregua con los españoles en 1618; acuerdo con el que los negros cimarrones, que habían costado a la Corona fortunas y muchas vidas, serían transformados en militares negros que defenderían la costa contra los enemigos de España.

Irónicamente, algunos de estos enemigos eran piratas afro-descendientes, como el capitán Diego Martín, alias Diego el Mulato, quien comenzó su vida como esclavo en La Habana y en su juventud la piratería fue su principal actividad. Su memorable carrera como corsario para la Compañía de las Indias Occidentales incluyó trofeos y prisioneros capturados entre Campeche y Veracruz.

Finalmente, como hacían los piratas ingleses, también el capitán Diego decidió refugiarse en la ley. En una carta enviada a oficiales españoles de La Habana, en 1638, expresó su enorme deseo de servir como un “valiente soldado del rey, nuestro señor”, haciendo hincapié en su gran devoción por la fe católica. Prometió delatar la llegada de barcos holandeses y de otros enemigos a lo largo de la costa cubana y declaró que: “sabiendo que yo estoy aquí, pocos se atreverán a pasar a las Indias, porque me tienen miedo”.

El alarde del capitán Martín debió haber estado bien fundado para que los oficiales de La Habana mandasen una petición a España solicitando una recomendación de perdón real y un salario equivalente al de un almirante, sin hacer mención peyorativa sobre su color o clase. Los oficiales españoles una vez más demostraron su pragmatismo racial.

El rey reconoció que España no podía responder con la rapidez necesaria con el envío de las tropas de la metrópoli a la demanda provocada por las amenazas extranjeras en el Circuncaribe, por lo que ordenó al virrey de la Nueva España que evaluara la formación de más compañías de negros libres. La evaluación reveló que los mulatos y negros que defendían los dominios del Circuncaribe eran “personas de valor” que luchaban con “vigor y reputación”. Así, a mitad del siglo, la Corona aceptó plenamente que los hombres libres de color, que defendían su dominio en esta región, podían ser valientes y honorables. Este importante reconocimiento metropolitano animó aparentemente el alistamiento.

Información proveniente de Centroamérica mostró a casi dos mil pardos (nombre corriente para designar a los mulatos, pero que a veces hacía referencia a los no-europeos de ancestros mezclados) sirviendo en unidades de infantería en todo el istmo. Unidades similares de negros libres o morenos estaban organizadas en La Española, Veracruz, Campeche, Puerto Rico, Panamá, Caracas, Cartagena y Florida, incluso algunos de ellos hicieron servicio en el extranjero.

En 1673, el virrey de la Nueva España, bajo órdenes reales, mandó tropas negras para aumentar las fuerzas en San Agustín, Florida. Aunque el gobernador Nicolás Ponce de León requería un refuerzo mayor, se quejó de estas tropas, conformadas por mexicanos, mulatos y chinos (personas de herencia mezclada) y otros, pues eran “deficientes en coraje y beligerancia” y totalmente incapaces para el servicio militar.

Cinco años después, el nuevo gobernador de Florida, Pablo de Hita y Salazar, que había sido previamente gobernador de Veracruz, continuó con el menosprecio a las tropas mexicanas por ser “inadecuados los hijos de negros, chinos y mulatos”, alegando que por su naturaleza sólo podían llegar a ser zapateros, sastres, carpinteros y herreros, ocupaciones que de hecho muchos tenían. A pesar del prejuicio que los oficiales y gobernantes hubiesen tenido sobre los africanos y sus descendientes en las periferias circuncaribeñas, España no podía prescindir de ellos.



José Rafael Otazo M.
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Profesor Universitario.
Miembro Correspondiente de la Academia de la Lengua, capitulo Carabobo.
Miembro de la Ilustre Sociedad Bolivariana de Venezuela.
Miembro de la Digna Sociedad Divulgadora de la Historia Militar de Venezuela.
Miembro de La Asociación de Escritores del Estado Carabobo.  
Investigador en la Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica.

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