lunes, 22 de junio de 2015

Congreso Anfictiónico de Panamá; Brillante expresión diplomática del Libertador Simón Bolívar.





"Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo en una sola nación con un solo vinculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene su origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; [...] ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración..."

Simón Bolívar, Carta de Jamaica, Kingston, 6 de septiembre de 1815

…Ya desde Jamaica, en 1815, Bolívar decía: « ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuera para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!...Ojalá que un día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso,...» Lo que ambicionaba era el entendimiento entre todas las naciones, la unidad del Continente, «...formar de todo el Mundo nuevo una sola Nación...»

Con la finalidad de buscar la unión de los pueblos iberoamericanos, el 22 de junio de 1826, El Libertador, Simón Bolívar, convocó, desde Lima, una asamblea en Panamá denominada Congreso Anfictiónico que debía fundamentar una gran nación que, por extensión, población y riquezas naturales jugaría un papel de primer orden en el mundo, con la intención de oponerse a las intenciones colonialistas de las potencias extranjeras.

La idea de un congreso anfictiónico tal como lo fue la reunión de pueblos que se hizo en la Grecia clásica, tenía como objeto contribuir a la concordia entre los pueblos, la estabilidad de sus instituciones y, al mismo tiempo, defender los intereses comunes de los estados que antes habían sido colonias españolas.

La confederación visualizaba la consolidación de seis repúblicas principales: México, Centroamérica, incluyendo al istmo de Panamá, la Gran Colombia de la unidad de la Nueva Granada y Venezuela, Perú (lo que sería luego Bolivia), Buenos Aires y Chile.

Entre los acuerdos más resaltantes de este Congreso Anfictiónico fueron: la creación de una liga de repúblicas americanas, con militares comunes, un pacto mutuo de defensa, y una Asamblea Parlamentaria Supranacional.

La reunión de países se llevó a cabo en el antiguo convento de San Francisco, hoy Palacio Bolívar, de Panamá. El salón donde fue celebrada dicha convención fue bautizado con el nombre de Salón Bolívar y reposan allí una espada de El Libertador, juntos con los originales “Protocolos del Istmo”, primeros acuerdos firmados por los ministros plenipotenciarios que asistieron a esta reunión en 1826.


INVITACION A LOS GOBIERNOS PARA EL CONGRESO DE PANAMA

Invitación a los Gobiernos de Colombia, México, Río de la Plata. Chile y Guatemala, a formar el Congreso de Panamá

Lima, 7 de diciembre de 1824.
Excmo. Señor
Grande y buen amigo:


Después de quince años de sacrificios consagrados a la libertad de América, por obtener el sistema de garantías que, en paz y guerra, sea el escudo de nuestro nuevo destino, es tiempo ya de que los intereses y las relaciones que unen entre sí a las repúblicas americanas, antes colonias españolas, tengan una base fundamental que eternice, si es posible, la duración de estos gobiernos.

Entablar aquel sistema y consolidar el poder de este gran cuerpo político, pertenece al ejercicio de una autoridad sublime, que dirija la política de nuestros gobiernos, cuyo influjo mantenga la uniformidad de sus principios, y cuyo nombre solo calme nuestras tempestades. Tan respetable autoridad no puede existir sino en una asamblea de plenipotenciarios nombrados por cada una de nuestras repúblicas, y reunidos bajo los auspicios de la victoria, obtenida por nuestras armas contra el poder español.

Profundamente penetrado de estas ideas invité en ochocientos veintidós, como presidente de la República de Colombia, a los Gobiernos de México, Perú, Chile y Buenos Aires, para que formásemos una confederación, y reuniésemos en el Istmo de Panamá u otro punto elegible a pluralidad, una asamblea de plenipotenciarios de cada Estado "que nos sirviese de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete en los tratados públicos cuando ocurran dificultades, y de conciliador, en fin, de nuestras diferencias".

El Gobierno del Perú celebró en seis de julio de aquel año un tratado de alianza y confederación con el plenipotenciario de Colombia; y por él quedaron ambas partes comprometidas a interponer sus buenos oficios con los gobiernos de la América, antes española, para que entrando todos en el mismo pacto, se verificase la reunión de la asamblea general de los confederados. Igual tratado concluyó en México, a tres de octubre de ochocientos veintitrés, el enviado extraordinario de Colombia a aquel Estado; y hay fuertes razones para esperar que los otros gobiernos se someterán al consejo de sus más altos intereses.

Diferir más tiempo la asamblea general de los plenipotenciarios de las repúblicas que de hecho están ya confederadas, hasta que se verifique la accesión de los demás, sería privarnos de las ventajas que produciría aquella asamblea desde su instalación. Estas ventajas se aumentan prodigiosamente, si se contempla el cuadro que nos ofrece el mundo político, y muy particularmente, el continente europeo.

La reunión de los plenipotenciarios de México, Colombia y el Perú, se retardaría indefinidamente si no se promoviese por una de las mismas partes contratantes; a menos que se aguardase el resultado de una nueva y especial convención sobre el tiempo y lugar relativos a este grande objeto. Al considerar las dificultades y retardos por la distancia que nos separa, unidos a otros motivos solemnes que emanan del interés general, me determino a dar este paso con la mira de promover la reunión inmediata de nuestros plenipotenciarios, mientras los demás gobiernos celebran los preliminares que existen ya entre nosotros, sobre el nombramiento e incorporación de sus representantes.

Con respecto al tiempo de la instalación de la Asamblea, me atrevo a pensar que ninguna dificultad puede oponerse a su realización en el término de seis meses, aun contando el día de la fecha; y también me atrevo a lisonjear de que el ardiente deseo que anima a todos los americanos de exaltar el poder del mundo de Colón, disminuirá las dificultades y demoras que exijan los preparativos ministeriales, y la distancia que media entre las capitales de cada Estado, y el punto central de reunión.

Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá, sería señalado para este augusto destino, colocado como está en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por el otro el África y la Europa. El Istmo de Panamá ha sido ofrecido por el Gobierno de Colombia, para este fin, en los tratados existentes. El Istmo está a igual distancia de las extremidades; y por esta causa podría ser el lugar provisorio de la primera asamblea de los confederados.

Difiriendo, por mi parte, a estas consideraciones, me siento con una grande propensión a mandar a Panamá los diputados de esta república, apenas tenga el honor de recibir la ansiada respuesta de esta circular. Nada ciertamente podrá llenar tanto los ardientes votos de mi corazón, como la conformidad que espero de los gobiernos confederados a realizar este augusto acto de la América.

Si V. E. no se digna adherir a él, preveo retardos y perjuicios inmensos a tiempo que el movimiento del mundo lo acelera todo, pudiendo también acelerarlo en nuestro daño.
Tenidas las primeras conferencias entre los plenipotenciarios, la residencia de la Asamblea, como sus atribuciones, pueden determinarse de un modo solemne por la pluralidad, y entonces todo se habrá alcanzado.

El día que nuestros plenipotenciarios hagan el canje de sus poderes, se fijará en la historia diplomática de América una época inmortal. Cuando, después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público, y recuerden los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto los protocolos del Istmo. En él, encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo. ¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá?

Dios guarde a V. E.
Vuestro grande y buen amigo.
Bolívar
El Ministro de Gobierno y Relaciones
Exteriores,
José Sánchez Carrión




Por 
 

José Rafael Otazo M.
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Profesor Universitario.   
Miembro Correspondiente de la Academia de la Lengua, capitulo Carabobo.
Miembro de la Ilustre Sociedad Bolivariana de Venezuela.
Miembro de la Digna Sociedad Divulgadora de la Historia Militar de Venezuela.
Miembro de La Asociación de Escritores del Estado Carabobo.
Investigador en la Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica.


domingo, 14 de junio de 2015

Talento masónico...La diplomacia cultural, una mirada a su origen y desarrollo.




El concepto de diplomacia cultural se enmarca en el más amplio de diplomacia pública, con el cual suele identificarse y al que de hecho precedió. El objetivo básico que ambas prácticas comparten radica en la configuración de una estrategia de imagen-país levantada sobre la comunicación y encaminada a conseguir peso internacional y beneficios simbólicos, cuyo circuito de actuación desborda los canales de la diplomacia tradicional (Noya, 2007: 91 y ss.). El impacto de los avances tecnológicos (desde la radio y la televisión hasta internet) sobre la opinión pública y, recíprocamente, la creciente influencia que esta tiene sobre las estructuras de decisión política, explican la relevancia de este tipo de diplomacia. Para calibrar adecuadamente el asunto no hace falta más que considerar la repercusión que tuvo la BBC británica al inicio de su historia, o la que tiene la cadena Al-Jazeera en los países árabes desde los inicios de la década de 2000. Por ello, los Estados se han visto impelidos a gestionar su proyección pública a fin de asegurarse ciertos niveles de confianza tanto dentro como fuera de sus fronteras. Ahora bien, en este punto es necesario distinguir entre dos orientaciones comunicativas, según la repercusión que cada Estado busque, y los plazos temporales que maneje. Si lo que se pretende es alcanzar logros inmediatos, el mensaje se adaptará al lenguaje de los medios de comunicación y su contenido –elaborado en los gabinetes de prensa ministeriales– será de índole marcadamente político. En cambio, cuando los objetivos perseguidos se inscriban en un horizonte a largo plazo, la información tenderá a contener un mayor componente cultural, y su implantación recurrirá a programas relacionados con la enseñanza de idiomas o el intercambio académico. En rigor, la diplomacia cultural se inscribe en este segundo nivel de estrategia.

La integración del factor cultural en el ámbito de la política exterior es, en cualquier caso, previa al surgimiento de los medios de comunicación masivos. Su nacimiento se ubica a finales del siglo xix y principios del xx, cuando de forma pionera en Francia, y más adelante en Alemania e Italia, se crean en el seno de sus servicios exteriores los primeros organismos dedicados a la proyección cultural, de acuerdo con una política de intervención ligada a la difusión de la lengua y de la producción artística. En esta fase embrionaria el papel de los intelectuales cobra asimismo peso, toda vez que en la I Guerra Mundial se abrirá un flanco de combate paralelo al que se produce en las trincheras: se trata del conflicto de las ideas estrechamente asociado a lo que se conoce como «guerra psicológica» (Delgado Gómez-Escalonilla, 1994: 268). Con el cese de las hostilidades, el factor cultural conocerá una nueva aplicación, de corte multilateral –abriéndose entonces una bifurcación político-práctica que llega hasta hoy. Bajo el auspicio de la Sociedad de Naciones aparece el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, antecedente de la actual Unesco, con sede en París. Pero el fin pacífico, idealista y transnacional de esta institución se verá enseguida eclipsado por el curso de los acontecimientos de entreguerras, y el desarrollo simultáneo de los despachos culturales de los ministerios de Asuntos Exteriores, cuya actividad se restringe a la consecución de intereses nacionales, esto es, a incrementar la influencia internacional de cada país. El despliegue de este tipo de acciones adopta con prontitud un perfil netamente doctrinal como demuestran –ya en la misma década de los años veinte– los casos de Italia y la Unión Soviética: la cultura no tarda en politizarse, alcanzando quizá su mayor cota de ideologización durante la II Guerra Mundial. A su vez, fue precisamente entonces cuando Estados Unidos y Gran Bretaña fundaron sus instituciones diplomático-culturales: la división de Relaciones Culturales del departamento de Estado, y el British Council, respectivamente.

A partir de 1945, junto con la recomposición del orden mundial se establecieron las bases institucionales tanto nacionales como multilaterales que en gran medida continúan moldeando los sistemas político-culturales del presente. A escala nacional se perfilan distintos modelos de gestión diseñados según las tradiciones diplomáticas de cada país, el alcance que le reconocen a la dimensión cultural y el tamaño de los Estados. Por ejemplo, Francia destaca como potencia que concede gran importancia a la propagación de su idioma y al patrimonio cultural, encargando al ministerio de Asuntos Exteriores la gestión internacional de su «grandeur». Su estrategia no solo contrasta, por razones obvias, con la alemana –país que gradualmente fue rearticulando su capital simbólico, de un modo en todo caso más discreto–, sino también con la británica: las competencias relativas a la diplomacia cultural que ejecuta el British Council no dependen formalmente del negociado del Foreign Office, dándose además la circunstancia de que la mayor parte de la financiación de tal organismo procede del sector privado.

No obstante, la novedad que presentó el periodo de postguerra vino dada por la constitución en 1945 de Naciones Unidas y, concretamente, de su unidad especializada en cultura, la Unesco. Desde esta instancia la interpretación de los contenidos culturales se realizará desde un enfoque más amplio, científico-antropológico, que no se limita a la esfera intelectual, artística o patrimonial desde las que operaban los Estados. Ciertamente, desde la puesta en marcha de las primeras actuaciones diplomático-culturales las naciones también se sirvieron de dicha concepción, especialmente las que contaban con posesiones coloniales, pero lo hacían desde un ángulo etnocéntrico, es decir, promoviendo su propia cosmovisión cultural, en tanto se adecuaba con sus propósitos político-civilizatorios. Con la aparición de Naciones Unidas, se desarrolla un discurso alternativo que, sin perjuicio de su armadura universalista –reflejada en la Declaración de los Derechos Humanos–, pone un énfasis especial en la defensa de los rasgos identitarios de los pueblos. El proceso de descolonización y las aspiraciones puestas en articular un orden de concordia internacional avalará la consolidación de esta nueva perspectiva que, en su versión más radical, llegará al extremo de poner en cuestión las premisas epistemológicas del conocimiento científico. Paralelamente, el crecimiento de las instituciones multilaterales contribuirá a establecer los pilares del sistema de cooperación internacional, cristalizado en 1960 con la creación de la Ocde, en el que el tratamiento de la cultura, aun inicialmente marginado, se realizará en tal clave antropológica.

Lo antedicho no supuso que la orientación «estatocéntrica» de la acción cultural exterior perdiese fuelle, más bien al contrario: el potencial propagandístico derivado de los progresos tecnológicos, plasmado en la industrialización de la cultura y el surgimiento de los medios de comunicación de masas (radio, cine y televisión) puso a disposición de los gobiernos maquinarias publicitarias idóneas para la difusión de sus mensajes e intereses. Es conocida la instrumentalización de estos recursos por parte de los regímenes totalitarios: cineastas de la talla de Fritz Lang o Serguei Eisenstein fueron tentados a poner su talento al servicio de la política –si bien no quepa establecer comparaciones a propósito de la relación que mantuvieron con los responsables de cultura, Joseph Goebbels en Alemania, y Anatoli Lunacharski en la Unión Soviética. Sin embargo, el ejemplo más ajustado al tema que nos ocupa lo representa el desarrollo que experimentó después de la II Guerra Mundial la diplomacia estadounidense, cuya oficina de Asuntos Culturales data de 1938. No hay que olvidar que al tiempo que se sentaban las bases para una mayor colaboración multilateral, se inicia la Guerra Fría.

En este contexto, en un breve intervalo de tiempo (1946-1948), Estados Unidos lanza el Plan Marshall, aprueba la ley Smith-Mundt, que fusiona y reorganiza los departamentos de Información y Cultura –formulando un verdadero programa de diplomacia pública–, y firma con Francia el pacto Blum-Byrnes. Este acuerdo, destinado a cancelar la deuda que tras la II Guerra Mundial Francia tenía contraída con Estados Unidos, contenía una cláusula según la cual se disminuía la proyección de producciones francesas en sus salas de cine a una proporción de cuatro semanas de trece. En esta línea, los gobiernos estadounidenses impulsaron un conjunto de actividades relativas a su imagen exterior en distintos ámbitos culturales. A efectos ilustrativos, cabe mencionar los siguientes ejemplos. En 1947 el servicio de Información apoyó la exposición de pintura que el galerista Samuel Kootz organizó en la sala Maeght de París. La muestra, titulada «Introducción a la Pintura Moderna Americana», contaba con lienzos de grandes figuras del expresionismo abstracto (Motherwell, Gottlieb, Baziotes…), su catálogo venía firmado por el crítico Harold Rosenberg, y su organización simbolizó el desplazamiento del centro de gravedad artística de París a Nueva York (Guilbaut, 2007: 273). En 1948 se inició, a instancias de la oficina de Asuntos Culturales del departamento de Estado, el programa de intercambio académico, centrado en un principio en Europa, y expandido más adelante en todo el mundo, conocido como Becas Fulbright. En el flanco intelectual se organizó entre 1950 y 1967 el Congreso por la Libertad Cultural desde el que se financiaron multitud de eventos culturales, revistas, seminarios, exposiciones y giras, con el fin más o menos encubierto de socavar la influencia marxista de los pensadores occidentales. Por último, el departamento de Estado también anduvo detrás de las giras que varios músicos de jazz (Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Louis Armstrong, &c.) realizaron durante los años cincuenta y sesenta en Europa del Este, Oriente Medio y África (Noya, 2007: 119).

Para acabar de completar (y complicar) el tema, hay que mencionar cómo en el año 1959 se constituyó la primera administración de Asuntos Culturales con rango ministerial, es decir, de naturaleza autónoma, en Francia. La institución se desgajaba del ámbito de la educación, y pasaba a asumir las competencias relativas a la gestión de bellas artes, de museos y bibliotecas, de patrimonio histórico y de cine (negociado procedente de Industria y Comercio). Si bien sus atribuciones quedaron en un principio limitadas al ámbito nacional, el decreto fechado a 10 de mayo de 1982 estableció que el ministerio fomentaría «la creación de obras de arte y del ingenio, dándoles la mayor audiencia posible, y contribuirá a la difusión de la cultura y el arte francés en el libre diálogo de las culturas del mundo». Este ensanche del horizonte de actuación del ministerio, que cuatro años después asumiría asimismo las atribuciones de Comunicación, cobraba pleno sentido en un mundo crecientemente globalizado, en el que las fronteras entre las políticas a nivel interior y exterior se hacían cada vez más porosas. Por lo demás, la aparición del ministerio de Cultura francés impulsó la creación de ministerios o instituciones análogas en el resto del mundo, y así, por ejemplo, España se dotó de su propio ministerio cultural en 1977, Gran Bretaña creó el suyo en 1992, y Alemania cuenta desde 1998 con un ministerio adjunto de Cultura y Comunicación, no integrado en el gabinete ejecutivo, pero que coordina las políticas federadas en este campo. Por su parte, Estados Unidos carece de un departamento de Cultura con rango ministerial, si bien desde 1965 dispone del National Endowment for the Arts, agencia pública e independiente del gobierno federal, cuyo responsable es nombrado directamente por el presidente de la nación.

Tras la caída de la Unión Soviética y el fin de la política de bloques la hipótesis de articular un orden internacional regulado bajo instituciones comunes recobró fuerza. Y así, se pensaba que la globalización económica podría llevar aparejada una globalización política y cultural: un mundo en convergencia regido por un sistema de libre mercado, en el que los Estados fuesen amoldándose al modelo democrático de derecho, y al cabo se homogeneizasen las prácticas culturales, siguiendo la pauta de la occidentalización. No obstante este escenario, tachado a menudo de imperialista o neo-colonial, se vio contrapesado por la pujanza auto-afirmativa del discurso multicultural y las «políticas del reconocimiento», herederas de la descolonización, al punto de que el debate cultural pareció condenado a un conflicto sin solución entre quienes abogaban por un esquema evolutivo-ilustrado, frente a quienes primaban la defensa de la diversidad, presentándola como hecho indiscutible y, más aún, en auge. Tal escisión reproducía una antigua controversia que enfrenta a las concepciones de la cultura de Montesquieu y Herder (Lamo, 2007: 546). Frente a esta dicotomía, un análisis detenido de las tendencias económico-culturales a escala mundial nos revela una situación intermedia, mestiza, pero que incluso a la larga parece consolidar la hipótesis de la convergencia. La investigación llevada a cabo por Ronald Inglehart y Chris Welzel, Modernización, cambio cultural y democracia (2007), demuestra que tras la fragmentación en familias culturales que presenta el mundo, dividido en seis o siete áreas de influencia de ascendencia religiosa, se detecta una propensión global, determinada por el incremento de Pib, hacia la asimilación de creencias y valores post-materialistas y auto-expresivos (asociados a las libertades civiles occidentales), que deja atrás los valores tradicionales y los materialistas. La conclusión respaldaría la clásica tesis de Marx según la cual el desarrollo económico provoca el cambio cultural, refutando a su vez la hipótesis de la des-occidentalización.

Al anterior debate no ha sido ajena la gradual incorporación de la dimensión cultural en las teorías y programas del desarrollo humano, cuyos primeros modelos reducían su análisis a las variables económicas. En las últimas décadas nuevos indicadores (educativos, sociales, &c.) vinieron a completar el estudio y a ampliar las perspectivas en torno al crecimiento y progreso de las sociedades. No obstante, en la consideración de los indicadores culturales ha prevalecido por lo general una defensa de la diversidad y del mantenimiento de las identidades étnicas, informado por una interpretación esencialista, romántico y relativista, que incluso pondría en entredicho la operatividad de la propia noción de desarrollo (Alonso, 2009: 16). Con todo, la década de 2000 ha refrenado esta orientación en gran medida debido a las contribuciones que sobre el tema ha proporcionado el economista Amartya Sen, inspirador del Informe sobre Desarrollo Humano del Pnud de 2004: Nuestra libertad cultural en el mundo diverso de hoy. La propuesta de Sen pone el acento en las capacidades básicas del individuo, entre las cuales se encuentra la libertad de elección. A su vez, parte de la premisa de que cada persona no tiene una sino múltiples filiaciones identitarias, y que solo a ella corresponde en buena lid organizar la jerarquía de sus preferencias culturales, elegir libremente, y en su caso abandonar sus tradiciones de origen, sin que por ello haya de sufrir coerción grupal.

En todo caso, la inclusión de la cooperación cultural para el desarrollo en el ejercicio de la diplomacia cultural no resulta sencilla y ni siquiera evidente. Bien es cierto que la adscripción en las administraciones públicas de las competencias de cooperación internacional en el área de Asuntos Exteriores así parece recomendarlo. No obstante, esta cuestión manifiesta en la práctica la contradicción entre los dos principios que modulan las relaciones internacionales, el realismo y el idealismo. Sea como fuere, los anteriores elementos nos aportan una idea aproximada de cómo se constituyen las políticas de acción cultural exterior de los países.

Bibliografia y referencias consultadas:

Alonso, José Antonio (2009): «Cultura y desarrollo: bases de un encuentro obligado», Revista de Occidente nº 335, Madrid.

Birambaux, Isabelle (2011): «El Institut Français se renueva: una reforma al servicio del soft power», ARI, Real Instituto Elcano, Madrid.

Delgado Gómez-Escalonilla, Lorenzo (1994): «El factor cultural en las relaciones internacionales: una aproximación a su análisis histórico», Hispania, LVI/1, nº 186.

Haigh, Anthony (1974): La diplomatie culturelle en Europe, Consejo de Europa, Estrasburgo.

Íñiguez, Diego (2006): «La acción cultural exterior y la eficacia del poder blando», Política Exterior nº 111, Mayo/Junio.

Marco, Elvira y Otero, Jaime (2010b): Colaboración público-privada en la acción cultural exterior, Documento de Trabajo, Real Instituto Elcano, Madrid.

Noya, Javier (2007): Diplomacia pública para el siglo xxi, Ariel, Madrid.

Nye, Joseph (2004): Soft Power: The Means to Success in World Politics, Public Affairs, Nueva York.
Saddiki, Said (2009): «El papel de la diplomacia cultural en las relaciones internacionales», Revista Cidob d’Affers Internacionals nº 88, Barcelona.

Vozmediano, Elena (2007): «La filantropía estratégica», Revista de Libros nº 132, Madrid.

Fuente referencial: http://www.nodulo.org/ec/2012/n119p03.htm

 Por,
 
José Rafael Otazo M.
---------------------
Profesor Universitario.   
Miembro Correspondiente de la Academia de la Lengua, capitulo Carabobo.
Miembro de la Ilustre Sociedad Bolivariana de Venezuela.
Miembro de la Digna Sociedad Divulgadora de la Historia Militar de Venezuela.
Miembro de La Asociación de Escritores del Estado Carabobo.
Investigador en la Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica.



sábado, 6 de junio de 2015

Hablando de ...¿Qué es la Diplomacia Cultural?, una aproximación histórica.



"La diplomacia cultural puede ser descrita como un conjunto de acciones, que se basan en, y utilizan el intercambio de ideas, valores, tradiciones y otros aspectos de la cultura y de la identidad, ya sea para fortalecer las relaciones, mejorar la cooperación socio-cultural o la promoción de los intereses nacionales; la diplomacia cultural puede ser practicada tanto por el sector público, el sector privado o la sociedad civil." Dr. Emil Constantinescu

El concepto de Diplomacia Cultural debe ser como un campo de estudio nuevo en el debate académico.

Un poco de historia
La Diplomacia Cultural (o “Diplomacia de las Culturas”) no es algo recien inventado en este siglo XXI, sino que ha existido como una práctica a lo largo de los últimos siglos. No obstante, la novedad de éste campo de estudio reside en que, hasta hace pocos años, no habia existido un interés en analizar y conceptualizar, desde la rama académica de las relaciones internacionales, qué es y cómo se aplica la Diplomacia Cultural. De hecho, en la actualidad ésta disciplina no está relegada a la periferia del estudio de las Relaciones Internacionales, sino que la Diplomacia Cultural es hoy un campo académico en ebullición que, a través del estudio y la investigación, se ha establecido con éxito como una teoría y práctica con fuerza propia.

Así, mientras que el término “Diplomacia cultural” ha quedado definido recientemente, la evidencia de su puesta en práctica viene existiendo desde hace siglos y puede observarse a lo largo de la historia. Exploradores, viajeros, comerciantes, maestros y artistas pueden ser considerados ejemplos prácticos de embajadores informales y diplomáticos culturales (por ejemplo, el establecimiento de rutas comerciales regulares permite un intercambio frecuente de información y regalos culturales entre los comerciantes y representantes del gobierno). Ejemplos y prácticas que tuvieron lugar mucho antes del nacimiento del Ius Gentium o Derecho Internacional que rige y regula las Relaciones Internacionales.

Estos intentos de intercambio cultural pueden ser identificados como los primeros ejemplos prácticos de lo que ahora hemos venido a denominar Diplomacia Cultural. De hecho, cualquier persona que interactúa con los diferentes pueblos y naciones, ya sea en la actualidad o en el pasado, facilita una forma de intercambio cultural y político que tiene consecuencias directas en los campos del arte, el deporte, la literatura, la música, la ciencia, los negocios, la economía, y más allá.

Por tanto, a través de la interacción de los pueblos, el intercambio de la lengua, la religión, las ideas, las artes y las estructuras sociales podemos ver como las relaciones entre esos pueblos y naciones divergentes pero coexistentes han mejorado a lo largo de la historia, mejorando el bienestar y nivel de vida de dichas sociedades mediante el aprendizaje mutuo con otras culturas.

Del cielo a la tierra: aplicación práctica
La aplicación y puesta en práctica de la teoría de la Diplomacia Cultural incluye todos los intentos y modelos (con éxito o no) que se han practicado a lo largo de la historia por parte de actores individuales, organizaciones, estados o instituciones con el fin de facilitar y mejorar las relaciones y la colaboración entre diferentes culturas. Estos modelos incluyen, por ejemplo, diferentes programas de intercambio cultural y artes (el famoso ‘Guernika’ de Picasso), las delegaciones internacionales (los embajadores del jazz americanos), así como algunas competiciones deportivas (los duelos olímpicos entre US y URSS durante la Guerra Fría).

¿Por qué es importante la Diplomacia Cultural?
En un mundo interdependiente y globalizado como el nuestro, en el que la proliferación de las tecnologías de la comunicación de masas asegura que todos tenemos un mayor acceso a los demás que nunca, la Diplomacia Cultural es fundamental para el fomento de la paz y la estabilidad a nivel global. Cuando es aplicada a todos los niveles, posee la capacidad de influir en la opinión pública y en la ideología de las personas, comunidades, culturas y naciones, que pueden acelerar la realización de los principios que la sustentan y que definimos a continuación. Al lograr el primer principio, se permite alcanzar el segundo, que a su vez permite que el tercero se alcance y así hasta lograr el quinto principio fundamental, el de la paz y la estabilidad mundial.

Los principios son:

1- Respeto y Reconocimiento de la Diversidad Cultural y Patrimonial.
2- Diálogo Intercultural Global
3- Justicia, Igualdad y Cooperación
4- Protección Internacional de los Derechos Humanos
5- Paz y Estabilidad Mundial

Para mayor información sobre esta iniciativa se puede consultar la pagina oficial http://www.culturaldiplomacy.org/index.php?en

Por;
 
José Rafael Otazo M.
---------------------
Profesor Universitario.   
Miembro Correspondiente de la Academia de la Lengua, capitulo Carabobo.
Miembro de la Ilustre Sociedad Bolivariana de Venezuela.
Miembro de la Digna Sociedad Divulgadora de la Historia Militar de Venezuela.
Miembro de La Asociación de Escritores del Estado Carabobo.
Investigador en la Asociación para el Fomento de los Estudios Históricos en Centroamérica.

miércoles, 3 de junio de 2015

Conferida la Orden de Merito "Bolivar y Urdaneta" por la Sociedad Bolivariana de Venezuela a La Orden Masónica Mixta Internacional Le Droit Humain- El Derecho Humano.


 

















La Orden Masónica Mixta Internacional Le Droit Humain- El Derecho Humano, ha extendido autorización al Triangulo Masónico Generación, al Or.·. de Valencia, estado Carabobo en Venezuela, para que bajo sus auspicios inicie actividades masónicas,

La Orden Masónica Mixta Internacional "Le Droit Humain" ( http://droit-humain.org/es/ ) reúne alrededor de 28.000 miembros, presentes en más de 60 países y en los cinco continentes; Cabe resaltar que es la primera vez en la historia de la masoneria venezolana que esta importante potencia internacional hace presencia en esas tierras.

Comprendiendo un poco su historia y el origen de la masonería mixta, destacamos que, María Deraismes -periodista, militante de los Derechos de la mujer y del niño- y el Doctor Georges Martin - Senador y Consejero General - realizaron campañas a favor de los derechos políticos y civiles de las mujeres, de la defensa de los derechos de los niños oprimidos y desdichados, en contra de la intolerancia clerical y también por establecer una escuela neutra, respetuosa de las ideas de cada uno.

María Deraismes fue iniciada el 14 de enero de 1882, en la Logia "Les Libres Penseurs" ("Los Librepensadores") de Pecq, pequeña ciudad al oeste de París. Fue la primera mujer Francmasón, y simboliza la igualdad iniciática.

Once años más tarde, el 4 de abril de 1893, Maria Deraismes y Georges Martin, masón de renombre, crearon, en París, el primer Taller Mixto.

De esta Logia Madre nacerá la Gran Logia Simbólica Escocesa "Le Droit Humain", que establece la igualdad entre el hombre y la mujer.

Maria Deraismes fallece el 6 de febrero de 1894. La tarea de organización y de desarrollo de "Le Droit Humain" corresponderá al Doctor Martin, Consejero Municipal de París, quien fue posteriormente Presidente del Consejo General del Sena y también Senador.

La enérgica voluntad del Dr. Martin lo hará situarse más allá de las fronteras, de las etnias, de las culturas y de las religiones. Muy pronto creará Talleres fuera de Francia, en Suiza e Inglaterra.

La Orden se expandió en Europa antes de hacerlo en otras partes del mundo."LE DROIT HUMAIN" se edificó sobre un sueño maravilloso: unir a la humanidad más allá de toda barrera, etnia, geopolítica, religión y cultura.
 
Desprendido de lo anterior y en el ánimo de augurar éxitos y estrechar lazos y reconocimiento de amistad, fomento de valores, respeto y sobre todo de igualdad, tal como lo promovío el Libertador Simón Bolivar, es que la sociedad Bolivariana de Venezuela, instittución fundada el 28 de octubre de 1842 por el procer y masón, general en jefe Rafael Urdaneta, quien reunió a un grupo de personalidades civiles y militares, para crear un centro permanente de caracter académico- histórico de consagración a la memoria del “Padre de la Patria”,  otorga su maxima distinción en el estado Carabobo como lo es "LA ORDEN DE MERITO BOLIVAR Y URDANETA" a tan importante potencia masónica en reconocimiento a sus virtudes y valores expuestos a lo largo de su fundación.

Desde este espacio, sus propietarios y colaboradores saludan al Triangulo Masónico "Generación" pionero en tierras venezolanas del Derecho Humano.


Pierre Cubique.·.


lunes, 1 de junio de 2015

Historia y Tradición... El último barco negrero en Puerto Cabello.





Durante la colonia, llegaban a diferentes puertos venezolanos, embarcaciones con esclavos procedentes de África, para ser vendidos por subasta en los centros establecidos a tal fin, especialmente en la Compañía Guipuzcoana. Durante la captura y travesía, recibían todo tipo de vejaciones y abusos, una vez en tierra, eran llevados a las haciendas a cumplir trabajos de sol a sol, una verdadera explotación vergonzosa, sin recibir las mínimas condiciones, que merece un ser humano. Para el caso de Puerto Cabello, al ser vendidos, eran llevados, normalmente a las haciendas ubicadas en Borburata, Gañango, Goaigoaza y Patanemo.

Las embarcaciones utilizadas para este transporte de mercancía humana, eran conocidas como Barcos Negreros. Precisamente el 26 de mayo de 1825, arribó a Puerto Cabello, el barco “Roma libre” al mando de José del Cotarro dueño y Capitán de la embarcación, con treinta y cinco eslavos africanos, que luego serian liberados por la municipalidad porteña.

Recordemos que en varias oportunidades nuestro Libertador, se refería a la libertad de los esclavos, como un compromiso ofrecido al presidente haitiano Alejandro Petión, materializado en Carúpano y Ocumare de la Costa, y en varios de sus documentos y discursos. El ultimo Barco Negrero, es un hecho histórico de la porteñidad, con hondas raíces de un bochornoso pasado, que al pasar el tiempo, no es olvidado por la comunidad, especialmente la afro descendiente, dada la importancia de este suceso, que puso punto final al maltrato, abuso y comercialización de esclavos, anualmente se prepara para esta fecha, la escenificación histórica y cultural”, conocida como el Ultimo Barco Negrero, llevada a cabo desde hace más de diez años, por algunas agrupaciones, tales como la San Juan Bautista, Raíces Escénicas y Cimarrones de Venezuela, con apoyo de las autoridades regionales, que estimulan y motivan a conocer estos aspectos sociales de una triste época.

Los actores populares, dramatizan la llegada de este navío, recorren el malecón porteño, la conocida calle Lanceros y la zona colonial, tocando sus tambores, para mostrar el proceso que por desgracia sufrió la raza negra, transportados en los conocidos “barcos negreros”, en condiciones infrahumanas, encadenados por más de tres meses y hacinados en las bodegas de las embarcaciones. Esta escenificación es necesaria conocerla y observarla, para internalizar, el importante aspecto de un infausto momento histórico.




Por;
Eumenes Fuguet Borregales E.·. V.·. M.·. 2002
de la R.·. L.·. Sol de América Nº 37
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General de Brigada.
Miembro de Número de la Academia de la Historia del Edo. Carabobo.
Miembro de la Sociedad Bolivariana de Venezuela.
Miembro de la Sociedad Divulgadora de la Historia Militar de Venezuela.
Miembro de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo
Director de la Revista Internacional "Historia y Tradición".