Mis vecinos de la avenida Manuel Felipe Tovar celebran el cumpleaños del
árbol que sembró el fundador del taller de los frenos que se encuentra
al pasar la seiba, ya subiendo hacia la heladería de la Crema Paraíso,
en San Bernardino, Caracas.
Pocos recuerdan en la zona que la quinta
La Palma, donde hoy está una agencia de (Foto Eloy Reverón)festejos del
mismo nombre fue la casa de Campo del Conde de Tovar. Casa donde
funcionó entre 1958 hasta 1966, el colegio Tirso de Molina. Hoy debería
ser museo de arte colonial como Anauco Arriba y la Quinta Anauco.
Hasta
avanzado el siglo XX, ese lugar fue conocido como El Paraíso, según una
colección de planos de Caracas publicada en 1967. El nombre de El
Paraíso proviene de una tradición templaria de la Orden de los
Caballeros de Santiago, vinculada al vallisoletano del Puente, mentado
don diego de Lozada, quien según los rumores históricos, no fundó ciudad
alguna, porque el sitio fue establecido por él como cuartel, al
encontrar el punto estratégico entre el río Caroata y el río Catuche, el
Anauco y el Guaire, los cuatro ríos de El Paraíso que señala la
tradición.
Después de un cuarto de siglo de resistencia india,
tratando de incursionar en el valle del Guaraira Repano, ubicado entre
La Guaira y El Guaire, valle sagrado de los Kariña (los hombres),
célebres por el grito Ana Kariná Roté, amucon papóroto itoto nantó,
valle sagrado para ellos no solo porque abundaba la pira, sino porque se
concentraba la fuerza vital de Natura, en su máximo poder, un sitio de
poder, como diría Castaneda. Suena lógico: el asedio de Guaicaipuro no
dio tiempo a protocolos, y por tal razón nunca encontraron el Acta de
Fundación de la Ciudad. El mestizo Francisco de Fajardo había logrado
penetrar porque su lengua materna era la misma que hablaba su tío abuelo
Naiguatá y su abuelo Charaima. La forma como llegó con sus primos
meztizos está reservada para otra reseña. Hago la referencia histórica
para que tengan una idea y un testimonio de la manera como nos estamos
comiendo El Planeta. Que no es cuestión de campañitas contra el
Gobierno, es una tradición de cinco siglos, incrementado la violencia
contra la vida en nombre del dios pagano del siglo XX, el desarrollo,
antes el progreso, hoy la globalización. Siempre valió más un barril de
petróleo que un árbol, que produce oxígeno y vida por siglos.
En
abril de 1963 llegamos los Reverón García al Terepaima, conjunto
residencial diseñado por un arquitecto de apellido Toro, discípulo de
Carlos Raúl Villanueva ubicado en el primer arco de la avenida Manuel
Felipe Tovar. Había entonces en la avenida un silencio interrumpido por
el canto de las chicharras que tenían su hábitat en un túnel vegetal
conformado por una hilera de samanes que comenzaba con el más joven de
ellos que se encontraba, llegando a la redoma, donde ahora vive la
Ceiba, y por donde discurrían algunos automóviles; no existía sino en
los planos de Pérez Jiménez, la avenida Boyacá.
Según me contaba el
profesor Izquierdo cuando solía encontrarlo en la ruta de la Loma del
Viento, hacia el cerro de Papelón. En el archivo de la iglesia de San
José, él había encontrado un documento donde constaba que el conde de
Tovar había pagado al alarife de aquella iglesia para que sembrara los
samanes, a fin de marcar el lindero de su condado con el de las
propiedades del Marqués del Toro, a mediados del siglo XVIII. La edad
que tuvieran los samanes no viene al caso, lo relevante es la
inconciencia de los alcaldes que ya existían cuando los derribaron.
También es verdad que se fueron cayendo sobre los carros en tiempos de
lluvia, por negligencia, por no atenderlos. Pero aún seguimos creyendo
que El Planeta es eterno.
Cuando mi tío abuelo, Pablo Delgado nos
visitó la primera vez al Terepaima, buscaba inútilmente entre retazos
del paisaje que reconocía su recuerdo: una tarde de 1808, cuando un
amiguito que venía con él en una excursión a la hacienda de San
Bernardino, murió ahogado en un pozo que después supe que estaba detrás
del edificio Farol.
Vale la pena recordar que la rivera del río
Gamboa donde sembró el alarife los samanes, se extendía por detrás del
taller de los frenos en un pequeño cañón que se apreciaba entre la
colina sobre la cual posa la quinta La Palma y la colina más grande
donde posa el hotel Ávila, espacio que hoy ocupan, la avenida y dos
hileras de edificios desde cuyas ventanas casi se tocaban las ramas de
los árboles. Quiero hacer notar que según la referencia documental, la
avenida Manuel Felipe Tovar está ubicada sobre el cause original del río
Gamboa, afluente del Anauco y que está ubicado a una cuadra subiendo
por la avenida Anauco, frente al Instituto diagnóstico y la Clínica
Santa Ana. Por eso cuando llueve, la geografía recuerda sus caminos de
agua, y la avenida inunda hasta las aceras.
Un poco más al sur,
donde convergen la avenida Anauco con la Paraíso y la Vargas, se ubicó
Manuel Cabré para pintar su cuadro titulado Gamboa Arriba. Próximo al
encuentro o convergencia, o desembocadura del Gamboa sobre el Anauco que
hoy pasa por debajo de la avenida Cecilio Acosta. Así se aprecia en la
historia el deterioro de la Tierra. Celebrar la vida de un árbol, es tan
importante como evitar su tala. Es allí donde está el sentido de la
celebración de los vecinos. Es el saber popular que afirma que cada
árbol menos son tantos centímetros cúbicos que baja el nivel de la
represa del Guri.
Texto original del distinguido Profesor de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela, Eloy Reverón (http://reveroneloy.blogspot.com/)