| Henry John Temple, Lord Palmerston. |
“¡Dios mío, es el fin de la
diplomacia!”
Lord Palmerston (1784-1865)
Esta célebre frase de Henry John Temple, Lord Palmerston, diplomático y Masón
británico y en dos ocasiones Primer Ministro, expresada en 1860 al recibir el
primer mensaje telegráfico utilizado por el servicio exterior inglés, marcó el
inicio de una primera etapa de transformaciones para la diplomacia, una de las
disciplinas más conservadoras de la historia, revolucionando en su momento el
acceso estratégico a la información bajo la premisa de que ésta es poder, pero
sólo cuando se transmite al público adecuado y en el momento justo. Desde
entonces, la denominada “diplomacia de télex” propició cambios
significativos en las formas y maneras de hacer las cosas por parte de las
Cancillerías, manteniéndose como un estándar hasta años recientes, cuando el
impacto de las nuevas tecnologías de información y comunicación (TIC) convergentes
en la Internet, la web 2.0 y el protagonismo de las redes sociales han dado
lugar a un vuelco de los patrones comunicacionales tradicionales, haciendo
sentir su peso en el modelo de relaciones internacionales.
Asistimos hoy a la segunda etapa de transformación de la diplomacia,
pasando de la diplomacia de télex a la Diplomacia Pública 2.0, dominada
por y para los usuarios de las redes sociales, quienes a diario interactúan en
tiempo real dentro de un inmenso laboratorio global de relaciones humanas que
ha tenido una incidencia directa en el comportamiento de las sociedades
contemporáneas. La interacción dentro de las redes sociales ha fortalecido la
dialéctica, la comunicación directa con los grupos de interés, la solidaridad,
el compartir conocimientos y confrontar opiniones dentro de un nuevo modelo de
comunicación de alto impacto en el que los Estados ya no pueden controlar el
acceso, los contenidos, la influencia y el intercambio de información por parte
de los ciudadanos.
El nuevo ciudadano ha dejado de ser un sujeto pasivo para convertirse
en un hiperusuario que actúa en múltiples situaciones y entornos diferentes,
siendo innovador, proactivo y exigente, manteniéndose actualizado de todo
cuanto sucede a su alrededor y en el contexto de la “aldea global” de la
que nos hablaba Marshall McLuhan, por lo que puede influir, orientar,
cuestionar o apoyar los actos, políticas y las decisiones de los Estados en el
mismo momento en que se adoptan, quedándose éstos últimos desfasados en su
capacidad y velocidad de respuesta frente a la inmediatez de los
acontecimientos y las noticias globales. Frente a este escenario, la
nueva diplomacia ha desplazado el eje medular del poder desde las Cancillerías
y las Misiones Diplomáticas hasta otros
ámbitos descentralizados, dando lugar a una amplia multiplicidad de actores no
tradicionales pero que pueden manejar, incluso, mayor poder relativo que los
propios Estados; por ello, los actuales procesos de negociaciones
internacionales, la suscripción de acuerdos y/o de alianzas estratégicas, así
como la toma de decisiones por parte de los gobiernos, ya no pueden llevarse a
cabo sin tomar en cuenta a la opinión pública, que no se circunscribe al ámbito
local sino que tiene un carácter e impacto global a través de las redes
sociales.
Esta situación ha generado, además, modificaciones significativas en
las actividades, procesos y en el día a día operativo de las misiones
diplomáticas, expresadas en la necesidad de contar con una política
comunicacional ágil, transparente y efectiva, que les permita atender en tiempo
real las demandas de información, manteniendo siempre presente que deben
competir directamente con los medios tradicionales, así como como con todas las
redes de información de sus grupos de interés, propiciando la comunicación,
moldeando y promoviendo el debate, pero con la gran diferencia de que el
público objetivo de hoy es el ciudadano común y corriente que desde su hogar,
su trabajo o desde la calle está interactuando con la realidad, consciente de que
con un simple Smartphone asume un rol protagónico dentro del rompecabezas
estratégico de la comunicación global, generando opinión y motivando cambios en
todo momento.
La Diplomacia Pública 2.0 permite capitalizar una de las virtudes más
destacadas de la web 2.0: el conectar
a la gente independientemente de donde se encuentre, generando nuevas formas de
relacionarse, despertando su creatividad, innovación y el espíritu de
colaboración bajo un sentido de transparencia, credibilidad e interacción, que
permita el desarrollo de espacios alternativos para canalizar los conflictos y
las diferencias sin la amenaza de la violencia, la intimidación y el irrespeto
de los derechos humanos. Sin embargo, no debemos incurrir en el error de
considerarla sólo como una nueva tecnología de información o como el escenario
de lo espontáneo, en donde todo puede darse sin orden ni concierto, ni como una
simple estrategia de relaciones públicas, la Diplomacia Pública 2.0 es una
competencia de liderazgo responsable, participativo e inclusivo, que requiere
de tiempo, dedicación y compromiso para poder convertirla en el factor
acelerador del nuevo mapa de las relaciones internacionales. Bien lo
resume David Miliband, ex Secretario de Estado de Asuntos Exteriores del Reino
Unido, 147 años después de Lord Palmerston, al expresar “…la nueva
diplomacia es a la vez pública y privada, tanto de masas como de élites, en
tiempo real y, al mismo tiempo, deliberativa”.




